El Canon de las Sagradas Escrituras

Por Fray Pablo Iribarren Pascal

Buenas Noches.

Con el inicio del servicio, Lecciones Bíblicas, el martes pasado, que había suspendido por la pandemia, recibí preguntas sobre el Canon de la Biblia o lista de los Libros Sagrados, y la razón por la que los hermanos protestantes suprimen algunos de los libros de la Biblia. Me pareció oportuno, el día de hoy, compartirles ciertos elementos que barajé en mi respuesta. Me ha llevado cierta extensión, pero creo que merece la pena. Espero me toleren y les sea útil.

“La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo”, decía en mi Buenas Noches, el domingo pasado, siguiendo la enseñanza de nuestra Iglesia católica. Martin Lutero, por el año 1521, negó a ciertos libros de la sagrada Escritura del Antiguo Testamento, su valor de libros revelados e inspirados junto con las iglesias que surgieron en la Reforma protestante del siglo XVI.
Son siete los libros de la Sagrada Escritura a los que los protestantes de la Reforma niegan la asistencia especial del Espíritu Santo: Baruc, Judit, Eclesiástico, Tobías, Sabiduría, y 1 y 2 Macabeos; excluyen también la asistencia del Espíritu y su condición de escritos canónicos a ciertos fragmentos de los libros de Daniel y Ester. Favoreció el que fueran segregados dichos libros de la Biblia y reducidos, en el mejor de los casos, a un apéndice de la misma, el hecho, de que una corriente de maestros de Israel –rabbi– de la corriente de Jerusalén, (en Jamnia, propuesta de H. Graetz 1871, hoy en general rechazada), en oposición a la corriente hebrea de Alejandría, negaron la asistencia especial del Espíritu a los escritores a estos libros. A estos libros se les reconoce con el término de Deuterocanónicos (“segundo”, “posterior”).
Para nosotros, Iglesia Católica y Cristiana (no debemos olvidar nuestro sobrenombre original, cf. Hb 11,26), el canon bíblico o lista de los libros de la Biblia, costa de 73 libros, 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento y todos ellos y cada uno, decimos que son revelados e inspirados por el Espíritu. Es conveniente, para que comprendan mejor esta afirmación, relean mis tres Buenas Noches anteriores.
En los primeros años de la Iglesia no se plantearon la cuestión del canon o lista de los libros de la Sagrada Escritura, lo importante era vivir y transmitir las enseñanzas y vida de Nuestro Señor, la Tradición apostólica, tradición oral, hecha vida en la praxis litúrgica y en la vida cuotidiana de las comunidades cristianas
Las comunidades cristianas primeras, sin duda, utilizaban los libros del Antiguo Testamento, todos ellos, conforme la traducción del hebreo, la lengua original, al idioma griego, lengua común entonces, realizada por los sabios de Israel en los siglos tercero y segundo antes de Cristo. Se conoce dicha traducción, como la Biblia de los LXX (Septuagésima), utilizada por el Maestro Jesús y contemporáneos; por las comunidades apostólicas; por los apóstoles, profetas y maestros, obispos, diáconos y presbíteros y sus sucesores.
En este primer siglo de nuestra era y parte del segundo se escribieron los cuatro evangelios según la enseñanza de los apóstoles y de los discípulos de Jesús y los demás libros que reconocemos como el Nuevo Testamento: Hechos de los Apóstoles, las Cartas de los mismos y el libro del Apocalipsis, a más de otros libros, el Pastor Hermas, Didajé, Epístola del Papa Clemente… que también hablaban de Jesucristo, su vida y enseñanzas, pero que la misma Tradición-Iglesia no se consideraron inspirados y no entraron a formar parte de la Biblia.
Digo yo, que el Espíritu Santo acompañó con su inspiración a las comunidades cristianas primitivas y a los escritores que pusieron por escrito las enseñanzas y vida de Jesucristo, y gracias a esa asistencia especial del Espíritu a las comunidades y a sus escritores que ponían por escrito la enseñanza de los Apóstoles, se fue dando una selección normal; unos libros se utilizaban mucho, otros menos y algunos nunca se tomaban en cuenta en la vida y liturgia de las comunidades; así sucedió con los libros que decimos apócrifos. A esta selección de los libros sagrados contribuyeron con sus escritos los Padres Apostólicos: Clemente, San Ignacio de Antioquía, Hermas de Roma, Policarpo, San Irineo de Lyón, y otros escritores: Eusebio de Cesarea, San Atanasio, que citaban en sus escritos los libros sagrados.
El conjunto de enseñanzas, vida litúrgica, prácticas devocionales, plegarias, enseñanzas, ministerios, escritos, comunidades, Iglesias Particulares en continuidad apostólica… constituyen en parte la Tradición de la Iglesia, que guiada, asistida, en su caminar por el Espíritu Santo, fue llevando la formulación del Canon de la Biblia.
Fue San Atanasio quien proporcionó la primera lista de los libros del Nuevo Testamento en el año 367, en una carta dirigida a la Iglesia de Alejandría, aunque todavía se daban dudas sobre alguno de los libros sagrados. Será la Iglesia, a través de sus concilios, quien, recogiendo la praxis de fe (sensus fidei) y vida cristina del Pueblo de Dios, llevará la iniciativa en la formulación del Canon. Así, el Concilio de Nicea en la Iglesia en Oriente trata este asunto en el año 363 y en la Iglesia de Occidente, el Concilio de Roma, bajo la dirección del Papa San Dámaso, años 382, formulará la lista de los libros inspirados, canónicos de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento; solo a la Iglesia corresponde señalar la lista de los libros canónicos e inspirados.
Poco después tomarán la iniciativa otras Iglesias Particulares: Hipona (año 393), Cartago (año 419), quienes en sus concilios aceptan y confirman la lista de los libros canónicos señalados por la Iglesia de Roma, promulgada por el Papa San Dámaso. Otro tanto sucede en las demás Iglesias Particulares, de tal modo, que en el siglo V, queda establecido el Canon de la Biblia en sus dos partes, Nuevo Testamento y Antiguo Testamento, éste último según la traducción y lista de libros según versión de los Setenta (LXX).
En el siglo XVI se fragua la división de la Iglesia provocada por Martín Lutero, (La Reforma Protestante), quien rechaza muchas enseñanzas de la Iglesia y provoca la ruptura protestante, y dejando de la lado el canon alejandrino (A.T.), acepta el canon Judío de la corriente de Jerusalén, y niega la asistencia del Espíritu a siete libros del A. T. y rechaza también, algunos de los libros del Nuevo Testamento: Apocalipsis, Hebreos, Judas y Santiago, que no concordaban con sus ideas teológicas y eclesiales. Este rechazo a libros del N.T, no cuajó entre los protestantes.

La Iglesia en el Concilio de Trento, el 8 de abril 1546, reafirmó. “de una vez por todas”, la lista de los libros de la Biblia, como lo había aprobado el Papa, San Dámaso, (cf. Formación del canon bíblico, Apología 2. Internet).

Fray Pablo, OP

P.D. Que les sea de utilidad.

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