Interpretando la Biblia en y con las Iglesia

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Veo con satisfacción, lectores de “Buenas Noches”, el interés con que han recibido la temática que he venido exponiendo, en forma creo accesible, que comencé, en improvisadamente, y se ha convertido en una especie de taller introductorio a la lectura, meditación y estudio de la Biblia o Sagradas Escrituras. Permítanme continuar con el tema en un par o tres lecciones más, aunque el día de hoy pido disculpas por haberme extendido.

Varias personas han reaccionado, al pasado tema bíblico, preguntando por las diferencias que se dan entre lectores protestantes y corrientes evangélicas y nosotros católicos cristianos a la hora de leer, meditar y, en particular, interpretar los textos de la Sagrada Escritura. En principio, tanto unos como otros, tenemos la libertad de leer, meditar, estudiar la Biblia y, más todavía, de orar con los libros sagrados. Y para cualquiera de estos ejercicios invocamos al Espíritu Santo que nos asista y acompañe con su sabiduría.
Estas diferencias entre protestantes y católicos vienen de muy antiguo, cuando en el siglo XVI, Lutero, Calvino y Zuinglio y otros teólogos más se abrogaron el derecho de interpretación de la Biblia y rechazaron el Magisterio de la Iglesia, que, asistida por el Espíritu Santo, ofrece la recta interpretación del contenido revelado de los Libros sagrados, adjudicándose a sí mismos la asistencia del Espíritu, afirmando que la interpretación privada y personal que ellos dan de los textos Sagrados es la correcta. A esta interpretación personal se le conoce como el Libre examen.
Las consecuencias de esta práctica del Libre examen de la Biblia fueron y fueron desastrosas; comenzaron por negar alguno de los sacramentos y acabaron con todos, excepto el bautismo; despareció para ellos y sus iglesias la Eucaristía, el Orden Sacerdotal, la Unción de enfermos, la Reconciliación, el Matrimonio y Confirmación y otras signos de gracia, verdades de fe reveladas en la Sagradas Escrituras y en la Tradición de la Iglesia.
Otra consecuencia del Libre examen fue la ruptura de la unidad de la Iglesia, multiplicándose las confesiones religiosas, algo muy contrario a la enseñanza del Maestro Jesús: “un sólo rebaño como hay un solo Pastor” (Jn 10,16), y la oración de Cristo, en la Santa Cena: “Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti” (Jn 17,21), quedó relegada y las consecuencias no se hicieron esperar. Muy pronto se vio surgir la iglesia de Zuinglio, de Lutero, de Calvino y otras varias, según el Espíritu les dio a entender a ellos. Cada reformador fundó su iglesia, según su interpretación personal de la Sagrada Escritura; fenómeno que se ha venido dando y acentuando en nuestros días. Y, curioso, el magisterio que negaron a la Iglesia Madre, la Iglesia Católica, guiada por el Espíritu, lo recrearon para sí mismos y para sus iglesias.
En el sentir de nuestra Iglesia católica y cristiana, son tres los elementos que se conjugan en la cuestión de la interpretación de la Palabra Revelada por Dios: Sagradas Escrituras, Tradición y Magisterio; los tres han caminado entrelazados, bajo la asistencia del Espíritu Santo, a lo largo de los siglos (cf DV II); la Biblia es a modo de un depósito de aguas de sabiduría y salvación; aguas que se canalizan a través de un gran río a lo largo de los siglos que es la Tradición oral y escrita y, el Magisterio, es el que procura que esas aguas se expliquen, se interpreten, se canalicen rectamente y se mantengan puras, limpias y saludables (cf 1Tim 1).
El Concilio Vaticano II, ejerciendo el Magisterio, en la Constitución llamada “Dei Verbum” (Palabra de Dios), escribe: “Dios quiso que lo que había revelado para la salvación de todos los pueblos se conservara integro para siempre y se transmitiera a todas las generaciones. Por eso Cristo Señor, plenitud de la revelación (cf 2Cor 1,20; 33,16-4,6), mandó a sus apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio que, prometido antes por los profetas, cumplió él mismo y promulgó por su propia boca como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los dones divinos” (DV 7).
Siguiendo la voluntad de Jesucristo los apóstoles trasmitieron la enseñanza del Maestro Divino a través de signos, hechos y palabras originándose las comunidades cristianas. Con ello surgió la Tradición apostólica, el río que canaliza las aguas del depósito de la revelación, Sagrada Escritura y de la misma Tradición: la Iglesia, los sacramentos y la vida cristiana. Tradición y Sagrada Escritura que se realizó también en escritos, algunos de los mismos apóstoles en diferentes lugares, culturas y tiempos. Así, se escribió el Evangelio (4) con matices diferentes, según tiempo, cultura y destinatarios. Los apóstoles, además de ser los transmisores de la Tradición, ejercieron el Magisterio interpretando la Palabra Revelada, Cristo. Es notable, en este sentido, el Evangelio de Juan; luego se ve que su Evangelio, Cristo y sus enseñanzas, está escrito bajo otro contexto cultural, otro tiempo y lugar; Juan, el Apóstol, anuncia e interpreta la enseñanza de Cristo para su tiempo y para otros tiempos y culturas.
Me agrada, en este sentido, leer a Pablo el Apóstol en su carta a la comunidad cristiana de Corinto; arranca con estas palabras: “Yo recibí esta tradición del Señor, a mi vez se la transmitido: Que el Señor, Jesús, la noche que fue entregado…”; Pablo recibe la Tradición de la Santa Cena, la Eucaristía (la misa); transmite y al mismo tiempo ejerce el magisterio corrigiendo a la comunidad por el modo cómo la celebra, con comilonas unos y otros pasando hambre. No resisto a evocar, del mismo Pablo, la carta a los Gálatas donde dice: “Pero, aunque viniéramos nosotros o viniera del cielo algún ángel para anunciarles el Evangelio de otra manera que lo hemos anunciado, ¡sea maldito!” (Gal 1,8). Escritura (revelación), Tradición (oral y escrita) y Magisterio son inseparables, como los vivió Cristo en sí con signos, obras y palabras; los valores del Cristo se prolongan en la Iglesia.
En este mismo tono se manifiestan los llamados, Padres Apostólicos, final del siglo primero y siglo segundo; obispos sucesores de los apóstoles; conocieron y escucharon a los Apóstoles: Clemente Romano. Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna, y escritos como la Didaché, Carta a Diogneto, Pastor de Hermas, Cornelio (s III) quienes anunciaron la Palabra de Dios, en su tiempo y salieron al paso de ciertas herejías (montanismo, novacianos), ejerciendo el Magisterio en sus comunidades y desde sus comunidades en defensa de una sana interpretación de las Sagradas Escrituras, la verdad revelada.
Más adelante en la historia de la Iglesia surgirán las grandes herejías cristológicas (Arrio, Nestorio), y la misma Iglesia con sus obispos en concilios, sínodos y asambleas, expondrán la doctrina sana, apoyados teólogos, maestros y profetas, en la fe de sus comunidades e Iglesias Particulares, interpretando desde la tradición el depósito de la fe, las Escrituras Sagradas. En esta etapa se destacan los Padres de la Iglesia de oriente (Cirilo de Alejandría, Atanasio, Juan Crisóstomo, Efrén el Sirio…) y de occidente (Jerónimo, Agustín, Ambrosio, Gregorio Magno …), quienes a través de sus escritos y predicación expondrán con verdad la doctrina sana sobre Cristo e Iglesia.
No resisto, aunque ya me voy prolongando demasiado en la exposición, pues considero que lo amerita el tema, a citar al Concilio Vaticano II acerca de la relación entre Tradición y Sagrada Escritura, dice así: “La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura (Biblia) están estrechamente unidas y compenetradas de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y tienden al mismo fin. En efecto, la Sagrada Escritura es palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu divino, y la Sagrada Tradición recibe la palabra de Dios confiada por Cristo Señor y por el Espíritu santo a los Apóstoles y la transmite íntegra a los sucesores (los obispos), a fin de que estos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Por eso la iglesia no saca sólo de la sagrada Escritura su certeza de todo lo revelado. Así, ambas han de ser recibidas y respetadas con el mismo espíritu de devoción” (DV 9).
El Magisterio de la Iglesia se ejerce, en consecuencia, por medio de los pastores, los obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con sus comunidades y junto con ellas, el Papa en comunión con los obispos en sucesión apostólica y, en especial en los tiempos modernos, asesorados por teólogos, exégetas, sociólogos; hombres y mujeres versados en la ciencias humanas, según los casos, reunidos en concilio, en sínodos y asambleas, con gran cuidando, interpretado el depósito de la fe, las Sagradas Escrituras y Tradición en todo tiempo, circunstancias y necesidades de la sociedad y de la Iglesia, asistidos por el Espíritu Santo.
La Iglesia defendió y ejerció el Magisterio, en el Concilio de Trento, el 8 de abril de 1546, a raíz de la fuerte disidencia y divisiones de los caudillos protestantes entre si, viendo las divisiones y contradicciones en que se debatían Lutero y sus seguidores a causa del principio del Libre examen o interpretación personal de la Sagrada Escritura, y afirmó la Tradición como fuente de revelación y decretó que “nadie… se atreva a interpretar la Sagrada Escritura en materia de fe y costumbres… según su propio parecer… es a la Iglesia a quien le toca juzgar sobre el sentido verdadero y la interpretación de la Sagrada Escritura o también contra el parecer unánime de los Padres…” (Denz.Sch. 1507).

Nuestra Iglesia católica y cristiana, nacida de Dios, sobre “Jesús la Piedra desechada por ustedes los constructores, pero que ha venido a ser la Piedra Angular” (He 4,11), y sus cimientos son los apóstoles: “El muro de la ciudad tenía doce cimientos y en ellos estaban los doce nombres de los Apóstoles del Cordero (Cristo)” (Ap 21,14), recaba para si misma a través de los obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con sus Iglesias y el Papa, el derecho de la correcta interpretación de la Sagrada Escritura y de la Tradición.

Fray Pablo, OP

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