La inerrancia de la Escritura

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Sucedió, y dispensen mi anécdota, en Oaxaca, en el año 1969 o 70. Un servidor era profesor de Historia de la Filosofía en la Preparatoria de la Universidad Benito Juárez, cuando fue invitado cierto escritor, hombre de vocación y de pasión por el magisterio, competente en educación y técnicas de enseñanza-aprendizaje, conferencista, literato y periodista, a impartir una conferencia sobre la Biblia en la Universidad. Fui invitado un servidor también a exponer mi punto de vista sobre el mismo tema.

Dicho escritor era conocido por su actitud crítica, un tanto negativa, sobre la religión y la práctica de la misma. En su conferencia habló de la Biblia como el Gran Mito Literario, afirmando que no es un libro original ni revelado, sin valor histórico ni profético, dijo; puso en duda la historicidad de Jesús.

En mi exposición, no hace falta decir, que me explayé presentado la Biblia, como La Gran Verdad, siguiendo la enseñanza de Pablo de Tarso, testigo fiel de Cristo, que dice: “La Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena” (2Tim 3,16-17).

Ambos compartimos con respeto y sin agresividad, exponiendo, al menos de mi parte, la experiencia y beneficio que había obtenido de con la lectura, estudio y meditación de la Sagrada Escritura o Biblia. Igualmente, la reacción del numeroso público asistente, fue de respeto. Nos despedimos al término del diálogo con afecto.

Mi modo de sentir sobre la verdad de la Escritura se funda en la Tradición y doctrina de la Iglesia, que ha sido constante desde el primer siglo de la fe cristiana; Tradición que arranca con Jesús y la enseñanza de los Apóstoles oral y escrita de alguno de ellos (Mateo y Juan), el sensus fidei de la comunidad cristiana con sus obispos y pastores; los Padres Apostólicos, los concilios y Santos Padres (San Jerónimo dice: “La Escritura no puede mentir”), exégetas y teólogos…; el Magisterio de la Iglesia ha mantenido:

Esos libros, escribe el papa León XIII, íntegros y considerados por partes tienen igualmente la inspiración divina y Dios mismo que habló por los sagrados autores (hagiógrafos), no pudo poner nada en absoluto ajeno a la verdad (Providentissimus Deus, EB 127).

Evocando una de las declaraciones más recientes del Magisterio conciliar, la Iglesia, proclama:

Todo lo que afirman los autores inspirados (hagiógrafos se les dice) ha de tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, consiguientemente se ha de profesar que los libros de la Sagrada escritura enseñan con firmeza, fidelidad y sin error la verdad, que para nuestra salvación Dios hizo consignar en las Sagradas Letras (DV 11).

A esta ausencia de error en la Biblia, los exégetas, personas doctas en Sagrada Escritura, se refieren con la palabra, “inerrancia”, que significa sin error. Sin embargo, es evidente que en la Biblia hay algunas expresiones sobre ciencias físicas, naturales, históricas, astronomía… que no concuerdan con los conocimientos científicos alcanzado por estas ciencias en la actualidad. A esto hay que decir, que los escritores sagrados no tratan de enseñar sobre esas materias, pues la finalidad de la Biblia es religiosa y dichas afirmaciones no han de tomarse como un error de la Biblia, como tampoco decimos que se equivoca un astrónomo, que dice, o cuando nosotros mismos decimos: ”mañana nos vemos a la salida del sol”; así mismo no se ha de tomar por error cuando en la Biblia se lee: “el sol y la luna se pararon” (Jos 10,13), o bien, “las estrellas caerán del cielo” (Mt 24,29), etc. etc., pues se trata de un lenguaje coloquial común, que responde a lo que aparece a simple vista.

Lo primero que ha de hacer el investigador, lector o meditante de la Sagrada Escritura, es preguntarse por el sentido literal del texto, es decir, lo que el autor quiso decir, enseñar, instruir o anunciar, como dice el Apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, y por el género literario que utiliza en su libro, a más de que el sentido del texto puede ser de diversa índole: literal, espiritual, típico…

Es el Magisterio de la Iglesia el que orienta al lector bíblico a investigar sobre el género literario qué el escritor sagrado utilizó en su libro, a fin de que obtenga una recta interpretación de un texto (perícopa), verso o capítulo de la Sagrada Escritura: El escritor inspirado envuelve, también guiado por el Espíritu, su mensaje, su verdad, en un determinado género literario: histórico, profético, poético, narrativo, mítico, apocalíptico… y a otros géneros más específicos, como es la parábola, alegoría, épico, poesía amorosa, himno o un discurso… La inspiración penetra los mismos géneros literarios y garantiza la verdad.

El conocimiento de los géneros literarios, la confianza en el Espíritu Santo, la humildad y la escucha al Magisterio, han de ser mis acompañantes y asesores en la lectura, meditación e investigación de la Biblia. Me agrada lo que decía el doctor y Padre de la Iglesia, san Agustín:

Me parece funesto creer que en los libros santos hay alguna mentira…” Y en otra ocasión escribe: “Creo que ningún autor se equivocó al escribir, y si encuentro algo que me parece contrario a la verdad, he de pensar o que el códice tiene erratas, o que yo no lo entiendo de ninguna manera.

A propósito de la interpretación de los Libros Sagrados, dice la misma escritura: Ante todo han de saber, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada; pues nunca fue proferida alguna por voluntad humana, sino que, llevados del Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios” (1 Pe 1, 20-21). El Magisterio guía mi caminar por el laberinto de vida y salud que es la Biblia.

Termino con un texto del género literario sapiencial poético, cargado de metáforas, que inspiró mi palabra en la liturgia, el día de hoy: “Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan los que la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta…” (Prov 6,12- 16). ¡Qué belleza, Dios mío…!. El escritor sagrado, inspirado personaliza la sabiduría.

Fray Pablo, OP

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