La unidad de las Sagradas Escrituras

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Al finalizar, el domingo pasado, mi Buenas Noches, dejó en mi corazón un interrogante al ver cuánto llevo escrito sobre la Biblia: la revelación e inspiración bíblica: el número de libros (73) y la diversidad de autores; las épocas distintas en que se escribieron y la variedad de géneros literarios: históricos, proféticos, salmódicos, apocalípticos, poéticos; la diversidad de sentidos: literal, espiritual, alegórico, moral de los mismos, etc., a más, de las partes –dos- que integran las Sagradas Escrituras: Antiguo y Nuevo Testamento. Ante esta variedad de elementos, me pregunto: ¿Podemos hablar de unidad en las Sagradas Escrituras o Biblia? Y, si la respuesta es positiva, ¿Qué es lo que le da unidad?

MI profesor de Sagrada Escritura, Fray Maximiliano García Cordero, discípulo del gran exégeta, Fray Alberto Colunga, gustaba destacar en sus clases, en los años 1950 del siglo pasado, las grandes figuras y acontecimientos que aparecen en los libros históricos de la Biblia (A.T.), y los nombraba “figuras de Cristo”: Abraham el hombre de la fe y la ofrenda que hace de su hijo Isaac; Jacob el hacedor de Israel y su confianza en Dios; la pureza y dignidad de José vendido por sus hermanos; el liderazgo e intermediación de Moisés; el simbolismo de la roca y del maná en el desierto; el reinado eterno de David y su descendencia en el plan de Dios…; en todos ellos descubría, además del sentido literal un sentido espiritual-típico: a Cristo en anuncio y promesa, al Ungido de Dios, en conformidad con la Tradición oral, los escritos de los Apóstoles, los Padres Apostólicos…
Se detenía también, mi maestro, en la figura de Melquisedec, “rey y sacerdote del Dios Altísimo” que compartió con Abraham “pan y vino” a su regreso victorioso de una confrontación con sus adversarios, quien, a su vez también, compartió con él los despojos del combate (Gen. 14,17-20). El autor de la Carta a los Hebreos (Nuevo Testamento), descubre en el sacerdote Melquisedec, a más del sentido literal, un sentido espiritual: la figura de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, textualmente, dice: “Es figura del Hijo de Dios” (He. 7,1-7).
Si ahondamos, en los libros proféticos, Antiguo Testamento, nos encontramos con algo semejante. El maestro, fray García Cordero, gustaba estudiar y ver el sentido literal de ciertos textos de ciertos profetas, e indagando a mayor hondura, daba con el sentido espiritual alegórico-típico de los mismos. Recuerdo su entusiasmo al armonizar el texto que habla del león de la tribu de Judá (Gen. 49,9; y Ap. 5,5) con el niño que dará a luz una virgen, como se lee en Isaías, a quien ponen el nombre de Emanuel (Is 7.13-15), y concluía diciendo: “todo esto se realizó en María de Nazaret, a quien el ángel le ofreció la maternidad divina, dando a luz al Hijo del Altísimo, llamado Jesús” (cf Lc 1,26; Mt 1,23), nacido en Belén como lo anunciara el profeta Miqueas (5,1-2).
Reafirmando más y más el sentido espiritual, alegórico-típico de ciertos textos de la Escritura, apoyado en la tradición y magisterio de la iglesia, evocando el libro del Génesis, y, poniendo el acento en la escena de la desobediencia-pecado de nuestros primeros padres (Gen 3,15), fray García Cordero, decía, “Dios se vio forzado a construir un nuevo plan salvífico para la humanidad por medio de la descendencia de la mujer: un Mesías, Salvador-Redentor”; escribe Pablo el Apóstol: “ese Salvador es Cristo; por un hombre entró la muerte por un hombre vino la vida, la salvación, la gracia” (cf. Rom 5,12-19; 1Cor 15,20-23).
No resisto a citar de nuevo al Profeta Isaías (A.T.), como lo hacía con gran satisfacción, fray Maximiliano: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Is. 9:6). La tradición de la Iglesia, en su liturgia de Navidad, no se cansa de repetir y proclamar año con año, que el “Príncipe de Paz” -“figura de Cristo”- no es otro, que Jesús de Nazaret, el Ungido de Dios.
Permítanme un pasaje más. El mismo Jesús interpreta y descubre en el sentido literal, el sentido espiritual típico-alegórico de su propia persona y de su misión en un texto del profeta Isaías, cuando Jesús visita su tierra y en la sinagoga recibe el libro del profeta y lee: “El Espíritu del Señor está sobre mí…” (Is 61,1), y Jesús enrolla y devuelve el libro al ayudante y dice: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar” (Lc 4,14-21).

Para Jesús, sus apóstoles y las comunidades que surgen de la fe él y el bautismo, no había otra Biblia que los Libros Sagrados del Antiguo Testamento; con Cristo y los nuevos creyentes en él, se hace el Nuevo Testamento; Cristo; promesa y anuncio en el Antiguo Testamento, es realidad temporal e histórica en el Nuevo Testamento. Jesucristo, Hijo de Dios y de María Virgen, es el eje y corazón de la Biblia. Cristo Jesús es quien da unidad a la Biblia, los Libros Sagrados. Amemos y aprovechemos para nuestro crecimiento humano, espiritual y místico y busquemos también en la Biblia las bases para el desarrollo de la nueva sociedad ya en germen.

Fray Pablo, OP

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