San José, padre de la ternura

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Avanzada la tarde-noche del miércoles pasado me llegó una notificación de un amigo, en Facebook, con una pregunta, que, en un primer momento, no le di importancia y hasta me despedí de ella con un sencillo toque indicando recibido. No había pasado ni siquiera un minuto y mi corazón me reprochó: “Pablo, tu amigo, merece una respuesta”. Y respondí

La pregunta de mi amigo decía: “¿Cuál es la manera de lograr una transformación de la mente?” Momentos previos a este encuentro virtual con el amigo, concluía la lectura de la Carta Apostólica PATRIS CORDE (Corazón de Padre) del Papa Francisco, que escribió a la Iglesia y al mundo, hará unos cinco días, acerca de San José, “el hombre justo” (Mt 1,19), declarado, el 8 de diciembre de 1870, por el Papa Pío IX, Patrono de la Iglesia. El Papa Francisco abre su Carta, escrita con afecto, con la siguiente expresión: “Con corazón de padre: así San José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios, el hijo de José”.
En dicha Carta, el Papa Francisco, destaca los servicios que San José dio a la familia de Nazaret, y sus valores en su condición de padre de Jesús junto con María su Madre, como lo proclama nuestra fe. En dicha carta, algo llamó particularmente mi atención y quedó resonando en mi mente y corazón. Ese algo, fue el calificativo que el Papa atribuyó a San José de “PADRE DE LA TERNURA”.
¿Qué es la ternura? Ternura tiene diversos significados, desde una cosa fácil de partir, cortar, romper, pasando por ingenuidad, inocencia, hasta una cualidad o virtud de una persona cuya conducta me resulta amable, cariñosa, afable, atenta, simpática, etc. Considero que, en este sentido, ternura se aproxima a cariño, afabilidad, atención, delicadeza… Tratando de definir la ternura, diría que es la cualidad, virtud, o relación amable y cariñosa, consciente y libre entre personas, con otros seres vivientes y con toda criatura, basada en el amor y respeto. Ternura es una cualidad que, llevada a la práctica con asiduidad y constancia, se convierte en mí, en ustedes también, en una virtud, en un valor. La repetición de actos crea virtudes, valores.
Esta relación se expresa en palabras, actitudes, miradas, gestos, tacto, etc., propicia una relación sana, respetuosa, amable y crea un ambiente propicio para la vida y relaciones humanas positivas… A su sombra, nacen diversas virtudes y valores que colaboran en la transformación de la persona; se generan amistades y se da un crecimiento en humanidad. La práctica de la ternura contribuye a la transformación personal. De ahí, mi respuesta al amigo en Facebook: “VIVE Y PRACTICA LA TERNURA; “sé padre, generador de ternura” y se transformará nuestra mente y corazón.
Y volviendo a la figura de San José, padre de Jesús de Nazaret con todo derecho, pues le puso el nombre, como le indicó el Ángel: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21), diré con el Papa Francisco, que José fue un padre de profunda ternura y, junto con María su esposa, lograron que su hijo Jesús fuera un hombre de sabiduría y compasión; en definitiva un hombre de profunda ternura y llevaron a Jesús a la plenitud de la madurez y la vida en toda clase de virtudes, sin faltar la ternura que manifestó con sus discípulos y con cuantos se acercaron a él.
José vio crecer a Jesús, su hijo, en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (cf Lc 2,52). “José, escribe en su carta el Papa Francisco, como hizo el Señor con Israel, así él le enseñó a caminar y lo tomaba en sus brazos: era para él como el padre que alza a un niño hasta sus mejillas, y se inclina hacia él para darle de comer” (cf Os 11,3-4). San José, como asiduo participante en las celebraciones de la sinagoga, sin duda, proclamó el salmo que canta la bondad de Dios hacia su pueblo “y su ternura alcanza a todas las criaturas” (Sal 145,9). De ternura fue su relación con Jesús y María.
Dos palabras nada más y destacar la huella positiva que pueden dejar los padres en sus hijos y en concreto José y María en relación a su hijo Jesús. Narra el escritor San Marcos que en Betsaida, llevaron a Jesús un ciego y le pidieron que lo curara; Jesús, “tomó al ciego de la mano…” (Mc 8,23); eso es ternura, cariño, amor. En otra ocasión, Jesús en la montaña, curó a cuantos enfermos le llevaron, y, atardeciendo, tuvo lástima de la gente y despertó en él la ternura y dijo a sus discípulos: démosles de comer, no quiero que desfallezcan en el camino (cf Mt 15,32-33). Por último, Jesús, en su despedida en la Última Cena, dijo Jesús a sus discípulos: confíen en Dios, confíen en mí, me adelanto a prepararles un lugar y cuando lo tenga dispuesto, volveré y los llevaré conmigo; para que, donde yo esté, estén ustedes conmigo (cf Jn 15,1-4).

Para concluir, les comparto una frase, que quizá la hayan escuchado alguna vez, que contrasta con lo que yo entiendo por ternura: “Estoy cansada/o de tus gritos y de tu mal humor: ¿por qué no intentas relacionarte con la gente con un poco de ternura?”. ¿Qué hacer mis amigos/as?.

Fray Pablo, OP

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