Reconciliación y gozo

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

A la experiencia que viví esta semana, sírvale de introducción la gardenia, planta maravillosa y muy de mí agrado. La flor blanca que produce, además de hermosa y decorativa por su imponente color blanco, es deliciosamente olorosa. Sus hojas suelen ser de un verde brillante oscuro que la convierten en una de las flores más apreciadas tanto en los jardines como dentro de las casas; así escribe cierto autor con pequeñas variantes de mi cosecha.

Recibí este miércoles pasado una llamada, de parte de unos amigos, pidiéndome hiciera lo posible por visitar una enferma, que deseaba compartir con un servidor vida y esperanzas. Encantado de dar un servicio, acepté la invitación, y así, sin conocer a la enferma ni a su familia, llegamos a su casa; una vivienda ciertamente bien diseñada, llena de luz y sus estancias: recepción, sala de estar, cocina, comedor, etc. en un solo espacio; sólo observé en ese momento dos puertas, la que daba a la calle y la puerta de la habitación del matrimonio.
Entrando en la casa, nos recibió el esposo de la enfermita, ambos personas mayores, quien me dijo, que Gardenia, su esposa estaba malita, y nos llevó a la habitación, donde la hallé en un diván, consciente, serena, en actitud amable, con ciertos signos de enfermedad, pero en buen estado físico; su rostro apuntaba una sencilla sonrisa, aunque como decimos popularmente, “la música va por dentro”.
Mi sorpresa fue grande cuando saludé a la Sra. Gardenia y me presenté con mi nombre. La enfermita me recibió y agregó diciendo: “le conozco a usted, padre Pablo, desde hace años; nos conocimos y saludamos en la iglesia de San Jacinto, en Ocosingo, en el año de 1994. Hablamos y usted me regañó, y prosiguió, diciendo: nos encontramos años después en cierto evento de personalización y aclaramos aquel encuentro de Ocosingo y nos perdonamos, y, desde entonces, di al olvido el pasado y usted también me perdonó”.
Yo, de mi parte, sin acordarme con precisión cuanto me decía, presentí en mi interior autenticidad en sus palabras, y le dije estrechando su mano: “Ya quedó todo, no sólo olvidado, sino borrado de mi memoria, pues por mucho esfuerzo que hago por reconstruir con detalle aquel encuentro, y las palabras y actitudes que tuvimos, no logro restaurarlo a plenitud. Absuélvame, le dije, como yo le absuelvo a usted”. Y me dio su bendición y sentí una paz verdadera.
En esta actitud de paz, armonía, reconciliación y gozo, me pidió Gardenia la Unción de Enfermos y vino a mi mente el Ritual de Salud que la iglesia tiene reservado para estas situaciones. Traje a colación en dicho Ritual la visita del Divino Maestro la casa de Simón Pedro, donde hallaron a la suegra de Pedro enferma, y cómo Jesús, tomándola de la mano la levantó (Mc. 1), pues la medicina que necesitaba, era cariño, afecto, y le impuse las manos, siguiendo la enseñanza del mismo Jesús: “impongan las manos sobre los enfermos y se verán aliviados” (Mc 16,18). Y, a continuación, participamos todos del Banquete Eucarístico concluyendo el Rito con una comida muy fraterna, en la que participó toda la familia.
El encuentro del pasado, al que hago referencia tuvo lugar en el marco del levantamiento zapatista -1994-, siendo yo encargado de la parroquia y misión dominicana de Ocosingo-Altamirano y Gardenia, colaboradora y esposa de un hombre en autoridad en aquellos años en Chiapas.

Mis estimados lectores, la reconciliación es algo muy bello, es un Don de Dios; pruébenlo.

Fray Pablo, OP

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