Vida comunitaria

  • 21 mayo, 2019

Vida comunitaria

La regla de san Agustín recita:

“Lo primero porque os habéis congregado en comunidad es para que habitéis en la casa unánimes y tengáis una sola alma y un solo corazón hacia Dios” (Regla de S. Agustín, n.1).

Cuando los dominicos hablamos de vida común, nos referimos a un estilo de vida que va más allá de vivir juntos en un convento. Nuestra vida común, al ser inspirada por nuestro mismo Señor, el cual nos ha congregado, toma un matiz especial que nos define como dominicos, y esto es la unanimidad. La unanimidad en nuestra vida no ha de ser confundida con uniformidad, ya que cada fraile, con su personalidad, conforma esta familia de predicadores, la cual es parte del cuerpo místico de Cristo, y así como san Pablo, apóstol de los gentiles, afirma que cada miembro del cuerpo cumple con una función distinta, así cada fraile cumple dentro de la Orden con una función distinta, haciendo de esta familia un cuerpo diverso y plural, y desde esta diversidad estamos llamados a vivir en una sola alma y un solo corazón hacia Dios. Esta diversidad, así como es signo de riqueza, también supone un gran reto para quien quiere seguir a Cristo según el carisma de santo Domingo, ya que la unanimidad solamente puede ser lograda con la disposición de todos, pues no se puede ser dominico dividiendo el corazón de la comunidad con proyectos personales. Así, la única forma de vivir la vida comunitaria que santo Domingo pensó es inmolando nuestra alma y corazón al proyecto comunitario para ser, de esta manera, partícipes del alma y corazón comunitarios que, inspirados por el Espíritu Santo cumplimos con nuestra misión en la Iglesia y nos transformamos en imagen visible del Dios invisible en la tierra.

La vida fraterna en nuestros días presenta un reto tanto para aquellos que están tocando las puertas de nuestros conventos buscando el lugar dónde vivir su vocación, como aquellos que estamos ya tras las puertas que se abren a los primeros. Este reto es el individualismo. Esta tendencia que ya es palpable en nuestra sociedad se presenta en la vida de nuestras casas y conventos como una enfermedad que, justificándose en la personalidad y diversidad, divide las entrañas de la vida fraterna y puede incluso terminar con ella. Por esta razón, la disposición a la unanimidad que conduce a la comunidad hacia Dios es para nosotros el antídoto que no solamente da sanación, sino que robustece nuestra vida fraterna.

Los momentos comunitarios siempre serán para nosotros un manantial de agua viva. En nuestra cotidianidad nos esforzamos por vivir no solamente la oración litúrgica en comunidad, sino que contamos con espacios que propician la vida fraterna, como lo son las comidas en el refectorio y los momentos de recreación comunitaria, donde cada fraile da a la comunidad no únicamente lo que tiene, sino todo lo que cada fraile es. En estos momentos comunitarios nos encontramos con los hermanos mediante el diálogo, la escucha y convivencia fraterna, sabiendo que cada uno de los que nuestro Señor Jesús ha llamado a compartir la vocación contiene en sí mismo un tesoro inmenso para ser compartido y atesorado ya que, aunque cada uno es responsable de su vocación, la comunidad misma custodia con lazos fraternales la vida íntegra de cada uno de los frailes.

Al ser la vida fraterna uno de los cuatro pilares del carisma dominicano, es también fuente de predicación. Mediante la comunidad, los frailes dominicos aprendemos a contemplar a Dios y así nuestra predicación se nutre de la experiencia comunitaria para poder así dar paso a una predicación comunitaria.