Cristo, máxima revelación de Dios

Por Fray Pablo Iribarren Pascal

Buenas Noches.

Después de varios días de intensas lluvias, que han provocado que los pequeños arroyos que atraviesan la ciudad se convirtieran en ríos caudalosos, desperté esta mañana descansado, eran las cinco y media, con ánimo para retomar el día, gracias, sin duda, a que me había acostado temprano.

Después de la acción de gracias por la vida, me asomé a la ventana que da al Oriente, todavía obscuro. Con gran sorpresa, contemplé al planeta Venus, levantándose madrugador en el horizonte. Fue mayor mi alegría, al asomarme a la ventana de mi escritorio que da al Poniente y encontrarme con la luna llena que se asomaba curiosa, brillante, hermosa, iluminada por el sol, y me dije, hoy no va a llover, aunque los pronósticos anunciaban, para el sureste mexicano, lluvias intensas por la Tormenta Tropical “Gamma”, acompañada del frente frío número 5 estacionado y la onda tropical No 38.
Me sentía en contemplación gozosa, cuando vino a la mente mi compromiso dominical Buenas Noches y, de pronto, vino a mi mente el recuerdo de una visita que, en el año 1966, hice, con mi hermana María Dolores, a Palestina, Tierra Santa.
En dicha ocasión, visité los lugares donde Jesús y María vivieron y el primer detalle que vino a mi memoria fue la visita a Nazaret y allí, en una plazuelita contemplé un muro de piedra del que brotaba un chorro de agua y un asca grande de piedra la recogía. El guía simplemente, dijo, “es la Fuente de María de Nazaret”. Y, en mi interior, se dibujó de inmediato una Joven mujer, hermosa, caminado erguida, con aire de gran seguridad, con una olla sobre su hombro izquierdo, retirándose de la fuente con paso sosegado. Era María de Nazaret, la madre de Jesús, el profeta por excelencia, el que nos “Reveló” los secretos más íntimos y profundos de Dios.
“Revelación”, la palabra que andaba buscando en mi mente y hablar de ella, pues, a muchos de ustedes les agradó el tema de la Biblia que esbocé con algunas pinceladas, en mi Buenas Noches del Domingo pasado y me pidieron algunos que continuara con un tema bíblico y pensé en la Revelación en la Biblia.
A la Biblia le damos suma importancia, no digo ya en nuestra cultura cristiana, sino en todas las culturas, y se debe a que en ella, descubrimos la Revelación de Dios, de sí mismo y del plan que Dios tiene de salvación para la humanidad, “la Viña de Dios”; así la nombra poéticamente, Jesús en un texto que meditaba de viva voz el día de hoy con la comunidad creyente (Mt 21,33-43); texto que, también ustedes, lo meditaron.
“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse (darse a conocer) a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad” (Ef 1,9), que consiste, en que los hombres y mujeres, ustedes y yo, la humanidad de todos los tiempos, por la mediación de Cristo, “la Palabra hecha carne” (Jn 1,14) y el Espíritu Santo, podamos llegar al Padre y participar de su naturaleza, de su condición divina, y esto, por la abundancia de su amor. Dios quiere ser nuestro amigo y desea que vivamos de igual a igual en su compañía y participemos de su esencia divina.

Este plan es verdadero y lo viene realizando Dios, por medio de obras y palabras y así decimos de la historia y sus acontecimientos, “historia de salvación”; desde que la humanidad aparece en el mundo en su “primitividad”, hasta el desarrollo de conciencia que ha alcanzado en nuestro tiempo. Cristo se entregó a la muerte y muerte de cruz, a fin de que la humanidad tenga vida y vida en abundancia (cf Jn 10,10)- La verdad íntima de Dios y de la salvación de la humanidad, resplandece para nosotros en Cristo, que es, a la vez mediador y plenitud de toda la Revelación (cf DV. 2).

La revelación de Dios, su darse a conocer, comienza con la creación; quien mira con amor a la naturaleza descubre en ella a su creador, inmensamente sabio, justo y bello, su grandeza y su infinito amor; “Podemos contemplarlo a través de sus obras” (Rom 1, 19-23).

Dios nunca interrumpió su comunicación y revelación con la humanidad. Se lee en el inicio del libro bíblico, titulado, Carta a los Hebreos: “En diversas ocasiones y bajo diferentes formas, Dios habló (se reveló) a nuestros padres, por medio de los profetas, hasta que en estos días, que son los últimos, nos habló por medio de su Hijo Jesucristo” (Heb. 1,1-2). Con Cristo y en Cristo alcanza y culmina su plenitud la Revelación.
Toda la vida de Jesús es Revelación del misterio de Dios: “quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9), y dice también el Maestro Divino: “El Padre y yo somos Uno” (Jn 10,30-33). Es preciso releer, estudiar, meditar profundamente los relatos evangélicos para conocer el Misterio de Dios. Dios se da a conocer a quien lo busca con sencillez.

Recomiendo por último, mis estimados lectores, la lectura y meditación en clave de oración el Evangelio de Juan y, en especial, los capítulos 13 al 17, y para lectores más exigentes, recomiendo, La Constitución Dogmática Sobe la Divina Revelación, del Concilio Vaticano.

Fray Pablo, OP

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