Buenas noches.

En días pasados, con ocasión de la fiesta de los 50 Años de vida conyugal de unos esposos, escribí unas notas sobre el “amor mutuo” como fundamento del matrimonio y, con gozo, retomaba las palabras, que escuché de sus labios y corazón: “No sólo en este día de nuestros 50 Años damos gracias al que Es por Esencia Amor y por quien nos amamos, sino que esa ha sido nuestra actitud permanente desde que nos conocimos y por el que llegamos a nuestro matrimonio”. Y comentaba un servidor, diciendo: el amor verdadero es el que busca el bien del otro, crece cada día y perdona. En este amor han de crecer los esposos hasta llegar a la plena madurez en el amor.


En esta semana, que cierra con este domingo, recibí a cierta esposa solicitando autorización para separarse de su esposo, y me decía: “Ya no es posible seguir con él, me está destruyendo física, espiritual y psicológicamente y a nuestros hijos también. Celebramos nuestro matrimonio por la Iglesia, después de unos años de unión libre, con la esperanza y las promesas de que todo iba a cambiar, pero no fue así, al contrario, su carácter despótico, prepotente, autoritario, posesivo, enfermizo… nos está destruyendo. Ya no hay amor, murió el amor”.


Sugerí caminos de reconciliación, consulta a sicólogos, padrinos de matrimonio… No fue posible. Con tristeza de mi parte, acepté su decisión respetando su voluntad, no imponiendo moralmente cargas sobre unos hombros que no eran capaces de soportar y, además, me parecía necesaria la separación por la salud de sus hijos y de ella misma. Deseaba, también, que la separación fuera de mutuo acuerdo como personas libres, conscientes y responsables, cosa que veo difícil.


Me preguntaba también, si más adelante, podría casarse de nuevo por la Iglesia. Le informé de los pasos a dar sobre una posible declaración de nulidad de su matrimonio, asunto que puede tratar con el encargado de asuntos de matrimonio de su Diócesis o Curia Diocesana, dado que es una mujer con sentido cristiano, que aprecia y desea seguir su práctica sacramental.

En mi meditación mañanera y servicio pastoral del día de hoy, ha estado presente un pasaje bíblico en el que los discípulos de Jesús se enzarzan en una fea discusión en torno a quién va ser el primero y segundo (los manda más) en un futuro gabinete de gobierno, que esperan nombre su Maestro cuando sea reconocido como rey de Israel, y dos de ellos, Santiago y Juan, se lo piden expresamente: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando esté en tu gloria” (Mc 10, 36), con el consiguiente enfado y coraje de sus compañeros.

La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas ni interpretaciones equívocas o políticas y les dice: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del Hombre, que no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos” (Mc 10,43-45).

Enseñanza muy precisa y clara del Maestro Jesús, que no sólo tiene aplicación en instancias de gobierno de la sociedad: estados, países, pueblos, etc., sino que es aplicable al seno de la familia. El matrimonio no da posesión de la esposa ni del esposo a su cónyuge respectivo; nada de propiedad sobre seres humanos. El matrimonio es una alianza de amor, ternura, servicio, de ayuda mutua entre iguales. Cada matrimonio o pareja estable, de hombre y mujer, comprometidos en la causa común que es su familia, ha de buscar cada día, en diálogo amistoso y sincero, en el que se escuchan ambos, aprendiendo a ceder, el modo de tomar decisiones, que una vida conyugal exige en el amor, en el respeto en bien de la familia. Lejos de una vida familiar toda forma de esclavitud, opresión, dominio, insultos, golpes ni aún bajo solapa de religiosidad.

Hagamos de nuestro hogar un espacio de crecimiento mutuo, de consuelo y ayuda. Busquen también los esposos ayuda profesional de muy diverso tipo, pues a veces se interactúa desconociendo neurosis, lesiones y traumas sicológicas que se viene cargando inconscientemente, modos opresivos familiares que vivimos en la infancia y varios otros factores que precisan de una ayuda profesional.

De mi parte, recomiendo vida deportiva familiar, la plegaria y meditación en familia bajo los auspicios de una fe consciente en el Dios de la vida.

Fray Pablo Iribarren Pascal, O.P.

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