Recuerda que eres polvo…

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Este miércoles pasado, que, en nuestro medio religioso, lleva el sobrenombre de Miércoles de “Ceniza”, despertó en mi memoria, aquellos primeros enfermos graves del Covid-19, mujeres hombres, en especial ancianos, que eran hospitalizados, incomunicados de sus seres queridos, y, pocos días después, sus familiares recibían las cenizas del ser amado: hija, esposo, padre, abuelita, hermano… Por desgracia, así ha seguido sucediendo, aunque con algunos cambios que han dado a este hecho una mayor humanidad.

¡Qué dolorosa y triste debe ser la muerte en soledad, incomunicados, y otro tanto, para sus seres queridos; sin un adiós, ni expresiones de cariño, ternura; sin cuidados ni despedidas! Aunque, siempre ha habido enfermeras, doctores, y doctoras en particular, que, con gran sentido de su responsabilidad médica, ofrecen al paciente, a más de la medicina del diagnóstico, la medina alternativa del afecto con algún detalle. Me decían en días pasados, de cierta joven doctora, que le leyó con ternura a su paciente la carta que le escribió un familiar. Hay detalles, medicinas digo yo, de parte del personal médico, que no aparecen en las recetas, pero que hacen tanto bien o más, que el medicamento de laboratorio.
Y volviendo al ritual de toma de Ceniza de este miércoles pasado, alguna persona me habló de cierto sentimiento de culpa que asomó en su corazón, por no recibir la ceniza por temor a un posible contagio de Covid-19. Lo primero que digo, es que no hay ninguna obligación de hacerlo; el rito del Miércoles de Ceniza es, por una parte, opcional, devocional y en segundo lugar, y esto es lo importante, ha de ser fruto de una actitud interior de un anhelo de mayor de acercamiento a Dios, fruto del reconocimiento de los propios errores y desvíos del Camino, que es Jesucristo.
La recepción ritual de la Ceniza me recuerda la fragilidad humana, pasible en su condición natural, La pandemia vino a recordarnos la condición frágil de todo ser humano, ante la cual los adelantos científicos, técnicos y de todo orden, se han visto desbordados. La pandemia, ha puesto en evidencia, como, repito, nuestra indefensión e vulnerabilidad. Estamos en el segundo año en el que la naturaleza humana, con todo su orgullo y poder, se ha visto zarandeada, como hoja al viento; el Covid-19 ha desenmascarado nuestra soberbia y orgullo. El ser humano ha quedado a merced de un virus microscópico, que todavía no tenemos la certeza de cómo se originó y apenas hemos generado una vacuna preventiva, como remedio para este mal.
El uso y sentido de la Ceniza en nuestra religiosidad cristiana hemos de buscarlo en la cultura y religiosidad hebrea y quizá con anterioridad en otras culturas, como signo de arrepentimiento de las fallas humanas que lleva a hombres y mujeres a conductas equivocadas a sí mismo, hacia el otro y en definitiva, ante la bondad de Dios. Los primeros creyentes en Jesús fueron de su misma raza hebrea y pudieron ser los que incorporaron a la comunidad cristina, desde sus inicios, a la práctica penitencial de la ceniza.
La ceniza y su imposición sobre la persona tiene un sentido simbólico de muerte; nos trae a la memoria el mito bíblico del origen del polvo-lodo de la tierra: Dios sopló sobre la figura humana que hizo de lodo: somos polvo y aliento de Vida (Gn 2,7); temporalidad y eternidad hacia futuro.

El ritual del Miércoles de Ceniza conlleva una llamada a cada persona a su responsabilidad y rectitud de vida, a su quehacer propio, al respeto en las relaciones interpersonales, a la tendencia a lo bueno, lo justo, lo verdadero, lo bello… Convertirnos, volver de corazón a nuestro principio y origen, que es y está en Dios.

Fray Pablo, OP