Regreso a San José del Carmen

Por Fray Pablo Iribarren Pascal, OP

Buenas Noches.

Les escribo desde mi fe y esperanzas más hondas y sublimes en el Dios de mis padres, de mis mayores; desde la fe de Abraham, Isaac, Jacob y Jesús el Cristo en la que camino desde mi infancia.

Diversas circunstancias, por la que atraviesa mi comunidad, me llevaron, este viernes pasado, a una comunidad de la montaña, San José del Carmen, en la periferia de San Cristóbal de Las Casas, ciudad en la que vivo; comunidad que visitaba en el servicio pastoral a finales de los años setenta y en la década de los ochenta del siglo pasado, a pie y a caballo, por caminos lodosos y cuestas de muy fuerte pendiente y pedregosas, difíciles en particular durante las aguas.
Con asombro, descubrí los cambios operados en aquella montaña y caminos, convertidos hoy en carreteras; hasta el paisaje solitario y agreste de la montaña, de los años pasados, con sus altas rocas y peñas que se ciernen amenazadoras (Peña María) y los lienzos rocosos suavizados por la belleza de pinares, cipreses y robledales, ha cambiado con modernas y lujosas viviendas de descanso de familias pudientes, que han venido construyendo en estos últimos años.
Con gran facilidad alcancé el poblado, San José del Carmen, que corona una de las montañas, desde donde se asoma a la cuenta fértil del Rio Grijalva, encontré a la comunidad preparada con sus mejores galas festivas; cientos de globos sobre la fachada de la iglesia y el conjunto musical que nos recibió con dianas, todo dispuesto para la celebración patronal de Nuestra Señora La Virgen del Carmen.
Aunque en mi memoria había cierto rescoldo de mis antiguas visitas, pedí me recordaran algunos datos de los orígenes de la pequeña comunidad de unas cincuenta y dos familias. Me llevaron con su plática a los años treinta y cuarenta del siglo pasado, cuando estas tierras eran una gran finca que cultivaba milpa, frijol, mucho ganado, aguardiente de caña; producían también carbón y quemaban piedra de cal, de ahí, me dijeron su nombre originario: Ikantontik (piedra de cal quemada). Me decían, nuestros abuelos eran mozos, acasillados, peones de la finca, en general originarios de Chamula, pobres, explotados.
Sin embargo, uno de los peones, nacido en la finca, Juan Díaz Oaxaqueño, de alguna manera logró del patrón, que le vendiera, a pagar a plazos, en torno a doscientas cincuenta hectáreas, que, a su vez, vendió a sus compañeros mozos acasillados y peones. Parte guardó para sus hijos a quienes repartió el resto de la tierra. Esta compra dio inicios a la comunidad, que, en un principio, se conoció, como queda dicho, Ikantontik. Un cuñado suyo donó una muy humilde imagencita del Señor del Santuario en fe y acción de gracias, que todavía se venera. La fe de estas familias, se clarificó y acrecentó con la enseñanza de la Palabra de Dios, anunciada por los catequistas del Ejido Candelaria, consolidándose como comunidad creyente. Hicieron su capilla y nombraron los primeros catequistas, servidores de La Palabra.
Satisfechos por un lado, me decían, con la conquista de la tierra y la libertad, dimos el nuevo nombre a la comunidad de San José y poco después se agregó del Carmen –San José del Carmen-, pero su práctica de vida no cambió. En especial, en los días festivos, aparecían esclavitudes, actitudes y acciones de violencia, en particular en los varones: riñas, pleitos, heridos, encarcelados, multas, ofensas a la familia, a los hijos, pobreza y enfermedad, reproduciéndose luego en los jóvenes. Sucedían estas cosas a consecuencia de envidias, venganzas, rencillas familiares, miradas de desprecio y altanería… que, al calor del alcohol y música y cantos provocativos, terminaban en serios problemas.
En la celebración festiva en la iglesia, el diácono me sorprendió, con la lectura del Libro del Éxodo (12), que narra la opresión del Pueblo de Israel, que sufría esclavitud en Egipto, y Dios, compadecido de su sufrimiento –“he escuchado, dice el Señor, su llanto cuando lo maltratan”–, suscitó a Moisés, quien al frente de su pueblo, se encaminó a la libertad, aunque antes el Faraón y su pueblo sufrieron la muerte de sus primogénitos, en tanto que las familias de los hebreos y sus hijos se salvaron, por la señal de la sangre del cordero ofrecido e inmolado –figura de Cristo–, con la que marcaron el dintel de la puerta de su casa. Así, cuando el ángel exterminador vio la señal pasó de largo, respetando la vida de los primogénitos hebreos (cf Ge 12). También, esta comunidad y otras de su entorno, se ha salvado de esclavitudes diversas por la señal Cristo, “el cordero de Dios” (Jn 1,37), inmolado, que derramó su sangre por ella, y por la humanidad toda. Me despedí con amor y les dije: “Ahora son más libres, permanezcan en la libertad”.

Recuerdo y comparto con gozo el paso antiguo y actual por esta y otras comunidades, que, Dios mediante, volveré a visitar en los próximos días. Invito, mis lectores, amigas/os a dar gracias a Dios y a Santa María del Carmelo.

Fray Pablo, OP

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