El Cristo Pleno

Buenas Noches.

“Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, con las dos tablas de la Alianza en su mano, no sabía que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y al ver que su rostro resplandecía, tuvieron miedo de acercarse a él” (Éx. 34,29-30).

El rostro de Moisés resplandecía “después de haber hablado con Dios”; Moisés hablaba con Dios “como un amigo con otro amigo”, se lee en el libro del Éxodo. Su rostro era un reflejo de la Chispa Divina encendida en lo profundo de su ser, que le llevó a darse a su pueblo sumido en la opresión, en su defensa, al tiempo que intercedía por él ante Yahvé, por las infidelidades del mismo a la Alianza sellada en el Sinaí (cfr. 32,32). La oración, la escucha al Señor y el servicio engendran comunión.

Leyendo y meditando con atención el Evangelio de San Mateo, descubro ciertas semejanzas entre Jesús y el líder religioso y sociopolítico Moisés: en los relatos del nacimiento e infancia de ambos, los dos se vieron en peligro de muerte desde su nacimiento, perseguidos, refugiados… Inspirado, Moisés, por Dios, vuelve a Egipto, Jesús regresará de Egipto ante el aviso de que el peligro ha pasado. No faltan también algunas semejanzas en la vida pública de ambos, como lo es la subida a la montaña, en ella Jesús da a conocer la esencia de su pensamiento y corazón y Moisés, impulsado por Yahvé, aportará e instruirá a su pueblo con los mandamientos, camino de paz.

Ambos, Moisés y Jesús, son constituidos pivotes, eje, punto de apoyo de la Alianza del pueblo con Dios: Moisés en el monte Sinaí, la Antigua Alianza con los liberados de la esclavitud, Jesús en el monte Calvario, sellará la Nueva y Eterna Alianza, con el Nuevo Pueblo de los Hijos de Dios, los redimidos por Cristo con su vida, muerte y resurrección. Esta semejanza se acentúa entre ambos en el relato de la Transfiguración, en el que, no sólo el rostro de Jesús “resplandece como el sol, sino todo su ser, sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve, y, junto a él, Moisés y Elías” (Mt 17,1-3), y el rostro de Moisés brilla con fuerte resplandor “en su descenso del monte”. Ambos salvan al pueblo, Moisés con Ley y Jesús por el Amor.

El día de hoy, se dio, en nuestra comunidad cristiana de Santo Domingo, una doble festividad referente a Cristo: una, la Transfiguración del Señor: Cristo es reconocido y glorificado por el Padre y la segunda, Jesús de la Buena Esperanza, el Salvador, Justo Juez. Con estas dos advocaciones celebramos expresamente al Cristo Pleno: Dios y Hombre Verdadero, Uno con el Padre y el Espíritu Santo.

Jesús invita a sus amigos más profundos, Pedro, Santiago y Juan, a subir “a un monte elevado”, cierta tradición lo reconoce con el nombre de Tabor. Estando en el monte en oración, los apóstoles vieron que Jesús se transformó: “su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. En ese momento, escribe San Mateo, aparecieron en escena Moisés y Elías y una nube luminosa los cubrió (Mt 17, 1-3).

Ante tal suceso, fue tal el gozo que experimentaron los testigos, los tres Apóstoles, que condujo al Apóstol Pedro a tomar la palabra y dijo; “¡Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 4).

Dice el texto de Mateo, que, cuando Pedro hablaba, una nube luminosa cubrió la escena -me lleva a pensar en la nube luminosa, que indicaba la llegada de Dios en su carro al encuentro con su amigo Moisés y también en la nube que acompañaba al pueblo en su travesía por el desierto, siendo sombra protectora contra el calor durante el día y luz para su andanada nocturna- y salió de ella una voz que decía: “Este es mi hijo muy amado, en quien tengo puestas complacencias; escúchenlo” (v. 5).

Los apóstoles cayeron en tierra, llenos de temor y no tardaron en sentir a Jesús que les decía: “Levántense y no teman” (v. 6). Y levantándose, sólo vieron a Jesús, quien les dijo: “No digan nada, hasta que el Hijo de Hombre haya resucitado entre los muertos” (v. 9). Cristo deja transparentar su condición divina, Hijo muy amado del Padre, Uno con el Padre y el Espíritu Santo, y da fortaleza a sus discípulos, a quien, en breve tiempo, verán, en su pasión, tortura y muerte como verdadero hijo de hombre.

En verdad, en esta escena de gozo y exaltación de la Divinidad de Jesucristo, se anuncia también la condición de Cristo Hijo de Hombre, en todo semejante a los hombres, “que no se queda indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del Pecado” (Heb 4, 15).

Este día, como decía en párrafo anterior, también celebramos, en nuestra comunidad cristiana, a Jesús de La Buena Esperanza, representado en una imagen sentado si, como Señor, pero al mismo tiempo coronado de espinas, sangrante, con la cruz, signo de su muerte en una mano y en la otra, la caña, signo de las burlas de los sayones y con la que golpearon y remedaron burlonamente su condición de Rey de los judíos. Figura de Jesús de la Buena Esperanza, que resalta la condición humana de Jesús, propenso al dolor físico y sicológico, a la traición, la injusticia, “a la pasión”, la enfermedad, como también a la alegría, al consuelo, al agradecimiento, a la fiesta… Un Jesús plenamente humano, hijo de hombre. Un Jesús que asume el dolor y la alegría, no le huye al dolor, aunque tampoco se goza en él; un Jesús que acepta la vida con sus amores y desengaños.

Es todo Lo que deseo expresar cuando hablo del “Cristo Pleno”; Jesucristo, plenamente divino y plenamente humano, por lo que podemos acercarnos a él con confianza, pues nos tiene reservada su bondad, su misericordia, su gracia y su ayuda (cfr Heb 4,16).

Fray Pablo o.p., 6 de agosto 2023