Mi familia espiritual

Buenas Noches.

Mis queridos lectores y lectoras, vuelvo de nuevo al tema del parentesco y la familia, aunque, en esta ocasión, además de referirme a la familia de sangre incluiré referencias a mí familia espiritual: mí condición de fraile dominico.

De nuevo, mi primo Vicente, fue quien se interesó porque visitara a José María, primo también, entrado en años y muy delicado de salud por cuestión pulmonar y otras afecciones, que se van sumando con la edad. Se encuentra, José María internado en el Hospital San de Juan de Dios, en Pamplona, hospital fundado en 1948, en el espíritu de San Juan de Dios, fundador de la Orden Hospitalaria (los Juaninos), sin ánimo de lucro, cuya misión es manifestar el amor y la misericordia de Dios en los enfermos y necesitados, basado en los valores de: Responsabilidad, Calidad, respeto y Espiritualidad. Se lee en las directrices de la misma: “acogemos al paciente ya sea por un problema quirúrgico, una enfermedad crónica (es el caso de mi primo), o por un proceso de cuidados y le acompañamos a lo largo de su trayectoria asistencial con los tratamientos adecuados a su situación, ofreciéndoles un trato personal para él y para los que acompañan”.

Esto que dice se mismo el hospital de San Juan de Dios, tuve oportunidad de constatarlo por mí mismo, pues, hace muchos años, mi padre fue internado en él durante una semana y, aparte a la atención que recibió y el insignificante costo, también recibí yo atención gratuita, pues, cierto día, en que iba a visitarlo, tuve un accidente en la moto y llegué con algunas lesiones; recibí atención esmerada y gratuita, no recuerdo que me hubieran cobrado.

Fue también algo inesperado y muy agradable por otra parte, lo que me sucedió en esta visita, pues al comentar con una persona que acompañaba al doctor que visitó a mi primo, le comenté que necesitaba cierta medicina por cierto padecimiento que sufro. Le mostré el nombre y me dijo: “me parece haber visto esa medicina en las reservas del hospital; espere un momento”; me pareció algún administrativo. No pasaron cinco minutos y regresó feliz con la medicina en mano y me la entregó. “No es nada, me dijo”, cuando pregunté por el costo y me reafirmé en dicho: “hay más alegría en dar que en recibir”. Y me despedí de mí primo José María, quien me extendió sus brazos, una y dos veces y nos abrazamos efusivamente con un “hasta que Dios quiera”.

Ese mismo día, volviendo sobre mis pasos, entré el Villava, población en la que mis hermanos tienen un convento y una residencia de ancianos con graves limitaciones. Antiguamente fue colegio, en él hice mis estudios de bachillerato, aunque donde los concluí, fue en Vergara, Guipúzcoa. Me dio emoción volver a ese lugar y, en particular, cuando me encontré con fray Lacunza podando el césped y con muchos año, aunque no tanto como los que yo tengo, quien, después de los abrazos de rigor, me dijo: “bienvenido, más vale llegar a tiempo que ser invitado”. Y me hizo

la aclaración: “hoy es el cumpleaños del prior”.

Luego apareció fray Barquín, quien y ya me llevó a comedor donde estaban reuniéndose los hermanos, una comunidad numerosa –doce religiosos- a quienes saludé fraternalmente y de modo especial a Fray Galdeano, a quien no cantamos, “felicidades…”, seguido de los abrazos fraternos y de costumbre; a su lado me sentó en el comedor y saboreamos los alimentos, ciertamente festivos. De sobre mesa, recordamos un pasado glorioso, con pocas expectativas de que volverán. Asumimos el presente, con sus muchas limitaciones y un futuro incierto y hostil. De todos modos, no nos dejamos llevar de pesimismos, reafirmamos nuestra fe y señalamos posibles caminos de esperanza, reconocí a compañeros frailes, alguno de los cuales, hacía sesenta y más años: Fray Zabalza, el más pequeño de cuatro hermanos dominicos, fray José Luis Espinel, con quien conviví poco después de mi llegada a México y que luego partió a Puerto Rico, donde realizó una gran misión; el Hermano fray Amado, gran servidor en Salamanca y a fray Larrañeta, obispo emérito de Urubamba, Madre Dios y Maldonado, en el Perú. El papa de este Sr. Obispo, venía a visitar a mi padre en San Martín, el 11 de noviembre, Patrón de mí pueblo. Todos ellos muy malitos, pero fue ocasión de gran gozo. Con ellos recordé la Regla de San Agustín, cuyas palabras iniciales, dicen: “Ante todo, hermanos carísimos, amemos a Dios y a nuestros prójimos”.

Por último, les digo, que antier por la tarde, fui a visitar el pueblecito de Nagore, Navarra, donde nació mi padre, hoy se asienta junto a una gran presa –Itoiz- , me llevó a conocer la tierra de mis mayores. Hablé con algunos ancianos del pueblo y tratando de recuperar a mis ascendientes en la sangre y consultando cierto programa por internet, les digo, con gran sorpresa, llegué a conocer el nombre de mis tatarabuelos, allá por el año 1765.

Triunfó el amor a mis seres queridos en la fe y en la sangre. Otro tanto les deseo a ustedes: “Ante todo, hermas/os carísimos amemos a Dios y a nuestros prójimos.

Fray pablo o.p. Egüés 9 de septiembre 2023.