Que se llame Pablo

Buenas Noches

Con ocasión del Día de mi Santo y cumpleaños, 25 de enero, la liturgia diaria, en otras palabras, el Calendario, presenta la festividad, Conversión de San Pablo, Apóstol; dado que nací y fui bautizado ese día recibí el nombre de Pablo. Hubo ciertas discrepancias entre mi papa y mi mama, y, no faltó también la voz de cierto pariente cercano, que vertió su opinión sobre mí nombre. Mi papá, deseaba que me llamara Conversión, cosa que no era del agrado de mi mamá y de algún otro pariente. Al fin mi padre, que era bastante comprensivo, sentenció: “que se llame Pablo, como tú dices, mujer, y lo de Conversión, que le quede como tarea de vida”. Esto sucedió en enero del año 1933, en Egüés, un pueblecito de la Comunidad Foral de Navarra.

Al conmemorar, una vez más, este suceso, hoy día 25 de enero del 2024, recibí abundantes felicitaciones, en persona y por estos medios de comunicación y redes sociales. Agradezco de todo corazón por este medio todas sus felicitaciones recibidas. Nací y fui bautizado un 25 de enero, en un pueblecito de Navarra; me agrada mi nombre, tiene buena resonancia al oído y demás, por haber recibido en el bautismo el nombre de Pablo, con que fue reconocido el Apóstol de las Gentes. Pienso que él, de una u otra manera, ha inspirado mi existencia y vocación siguiendo sus huellas de evangelizador de pueblos, aunque sin querer compararme él, pues San Pablo fue una personalidad incomparable; “todo lo que se diga de él, es poco”, reza la expresión literaria común.

Saulo, nombre hebreo, así se llamó de nacimiento, nacido en Tarso, entre el año 5 al 10, ciudad de la costa sur del Asia Menor, actual Turquía, cuyas gentes, habían adquirido la ciudadanía romana, distinción especial que la autoridad romana daba a las ciudades y pueblos que se hacían solidarios con la causa de Roma y de su imperio (cf. Hechos 22, 22-29), Saulo pasó a nombrase Paulus, nombre que más tarde pasó a nuestro idioma como Pablo de Tarso de Cilicia, hoy Turquía.

Estudió la cultura hebrea en los centros religioso-civiles de Jerusalén, siendo discípulo del gran maestro Gamaliel (Hechos 22,3). Fiel a su tradición hebrea, fue promotor y defensor de la fe, religión y cultura de sus mayores. Esta conciencia generó su identidad y le llevó a perseguir a la Iglesia naciente con persecuciones, cárceles y muertes. En su viaje a Damasco persiguiendo a los “que seguían el Camino” de Jesús, tuvo un encuentro espiritual con Cristo que le convirtió a la fe en Él, hasta su muerte por la espada, modo como morían los ciudadanos romanos. San Pablo fue juzgado por su fe en Jesús y el rechazo al culto y servidumbre al emperador. Fue condenado a muerte por el tribunal del imperio y decapitado a espada, entre los años 64 al 67 de nuestra era cristiana, en Roma.

Convertido a la fe en Cristo, el Mesías prometido, anunciado y esperado por el Pueblo de Dios (cf Deut 18,15-20), con su entrega incondicional a la evangelización y acción del Espíritu, hizo que la Iglesia surgiera y multiplicara en cientos de comunidades en pueblos, ciudades, culturas, se hiciera católica, universal, junto con los demás apóstoles, caminó los caminos del Imperio Romano: Creta, Grecia, Asia Menor, Siria, Palestina, Roma, hasta alcanzar el Finis Terrae, España, el fin del mundo conocido en su época.

Escritor privilegiado, asistido por el Espíritu, acompañó, con sus cartas (13 se han conservado y pertenecen a la Biblia) a las comunidades cristianas que creó. Es curioso, el primer escrito cristiano, a un antes de los Evangelios, que se encuentra en la Biblia, Nuevo Testamento, es las Cartas de Pablo a las comunidades de Tesalónica en la década de los cuarenta de nuestra era. El libro de la Biblia, conocido bajo el título de los Hechos de los Apóstoles a partir del capítulo habla de los Viajes, hechos y predicación del San Pablo. A él, junto con Bernabé, se debe la Primera Gran Asamblea de la Iglesia Católica-cristiana, Primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén, años 45 al 50, en el que, podemos decir, se oficializa el cristianismo como religión universal diferente del judaísmo.

Mucho le debe la religión cristiana a San Pablo, su amor por Cristo-Iglesia, le llevó a escribir en cierta ocasión: “Yo no soy quien vive, es cristo quien vive en mí (Gal 2,20). Permítanme citar alguna otra expresión de Pablo:“Lo que para mí era ganancia, lo consideré, por Cristo pérdida” (Flp 3, 7). Para el apóstol el bien supremo era conocer a Cristo Jesús. “Por mi Señor, todo lo doy por perdido, todo lo considero basura con tal de ganarme a Cristo, y estar unido a él, con la justicia que nace de la fe en Cristo” (v. 9). “Lo que quiero es conocer a Cristo y experimentar en mí el poder de su Resurrección, tomar parte en sus sufrimientos; configurarme con él en su muerte” (v. 10). “olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante, y corro hacia la meta, hacia el premio al cual me llamó Dios desde arriba por medio de Cristo.” (Flp 3, 13- 14).

Una última expresión de Pablo respecto a su fidelidad a Cristo e Iglesia, comparto: “Por eso, me es muy difícil escoger entre vivir o morir. Algunas veces quisiera dejar esta vida y estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor, pero quedarme en la tierra es mucho más necesario para seguirles ayudando.” (Fil 20-29). Es imposible igualarnos con Pablo el Apóstol, pero podemos tomarlo como maestro en su sentir acerca de Cristo.

Fray Pablo o.p. 28 de enero 2024