El templo como espacio de espíritu y verdad

Buenas Noches.

En un día muy frío, de crudo invierno, helado, con un suelo cubierto de nieve, bien cobijado en brazos de mi padre, mi madre quedó muy delicada por el parto, fui llevado la iglesia del pueblo, espacio de vida en el amor de Dios en el servicio del prójimo, pequeña estructura en transición entre el estilo románico y el gótico (siglo XIII), para ser bautizado. Me impusieron el nombre de Pablo por voluntad de mi madre. Con el bautismo nací a la vida nueva de Dios, en Cristo-comunidad de creyentes. Soy, somos morada del Espíritu Santo; Dios habita en ustedes y en mí.

En esa iglesia, ecléctica, bajo la advocación de San Martín de Tours, soldado a caballo del ejército romano, que compartió su capa militar con el pobre desnudo a la vera del camino en una tarde fría, fui instruido en las enseñanzas de Jesucristo, vida, pastor y guía, miembro de la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, por un maestro de vida espiritual, el presbítero Don Santiago Egea, quien me bautizó e me inició, junto con mis padres, en la fe en un Dios Padre Misericordioso de quien, Don Santiago, afirmaba haber recibido grandes muestras de misericordia: “Soy un testigo de la bondad y misericordia de Dios, decía, Él ha sido bueno conmigo”.

Don Santiago, en aquella sencilla iglesia de piedra, donde nos reuníamos domingo a domingo la Asamblea de los creyentes en hermandad, me acompañó en el crecimiento en la fe y vida cristiana. De sus manos también recibí el Pan Bendito de la Eucaristía, me acompañó en el sacramento de la madurez cristiana: la Confirmación, que me consolidó en la fe con el Don y plenitud del Espíritu Santo y, más tarde, me impulsó al ministerio sacerdotal. Mi primera misa fue también en esa humilde iglesia de San Martín con mi padre, mi hermana María Dolores y mis hermanos Pedro e Irene, muchos otros familiares y la comunidad del pueblo, con alegría y acción de gracias. Hubo una ausencia significativa en esa mi primera Misa Eucaristía, no estaba ya Don Santiago, el Padre Dios, hacía ocho o diez años, lo había recogido en la comunidad de los salvados en el paraíso.

Al hacer esta remembranza de mi caminar espiritual cristiano, mi memoria actualizó el diálogo que sostuvo el Maestro Jesús con una mujer de Samaria, junto al pozo de Jacob en un día caluroso y sediento caminar. En la conversación entrambos, se habló del templo de Jerusalén, judío, en oposición y al templo del monte Guerizim, samaritano. Contradicción que Jesús resolvió con la siguiente expresión: “Llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad. Porque ésos son los adoradores que busca el Padre” (Jn 4,23). Considero, que la iglesia de mi pueblo fue el espacio de espíritu y verdad del que habló Jesús a la samaritana. Allí, con actitud fraterna de hijos de Dios, adorábamos al Padre en espíritu y verdad; éramos una pequeña y viva comunidad, familia en el espíritu de Jesús,

Esta reflexión que comparto, me la inspiró la lectura y meditación que hice este domingo al amanecer, preparando mi encuentro con la asamblea dominical en la Iglesia de Santo Domingo, en la que proclamé el pasaje del Evangelio de Juan, que habla de la expulsión de vendedores de animalitos de toda especie del templo y de la volcadura de las mesas de los cambistas, negocio de cambio de moneda extranjera, impura, por la moneda, pura, del templo. Otro tanto hizo con los que vendían palomas, movido “por el celo por la casa de su Padre, diciendo: “Quiten todo esto de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 13-17).

La expulsión de los vendedores del templo, fue un gesto de verdadero profeta al estilo de Oseas, Amos, Isaías, Miqueas, Jeremías, que denunciaron los abusos contra la Alianza y defendieron el culto limpio, justo y verdadero a un Dios, que implicaba por una parte, el rechazo al mal uso del lugar, condena al sistema de explotación y ambición de poder y dinero de los dirigentes en que habían convertido el templo, y por otro, el mantener el templo como espacio de justica y amor misericordioso de Dios a su pueblo. El centro de la vida religiosa, social y política de Israel lo habían trocado en un espacio de adoctrinamiento y sumisión de los sencillos y de los limpios de corazón, humildes e indefensos.

No era ya el templo de Jerusalén la casa donde habitaba Yavé, la habían convertido en la casa de los falsos dioses del poder, del dinero y del placer, Yavé había emigrado hacia los pobres, los desterrados, los sin casa ni tierras… De ahí la expresión de Jesús: “Quiten todo esto de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 13-17). Me inspiran estas palabras del profeta de Ezequiel, quien describe como la gloria de Yahvé abandona el templo lleno de iniquidades.

Ante el reclamo que le hicieron las autoridades Jesús por su acción correctora, fuerte y profética, respondió con una expresión simbólica en la que se adivinan su temor y esperanza; temor a la persecución, secuestro, torturas, destrucción y muerte y esperanza de que su Padre no le abandonará a la muerte, a la nada, sino que lo glorificará y exaltará, le dará nueva vida y su obra, el Reino de Dios que ha sembrado, dará frutos en favor de la humanidad.

Esta escena llama la atención a cuantos servimos en el templo con la palabra y los sacramentos. Me agrada decir “iglesia” más que templo, “casa de Dios”, espacio de oración de encuentro con Dios y con los hermanos/as, espacio para la oración silenciosa y la celebración fraterna comunitaria en la liturgia dominical como lo hacíamos en mí pueblo.

Preguntémonos ¿qué religión proponemos, cultivamos con nuestra enseñanza, actitudes y celebraciones?: ¿la de compasión, perdón, comprensión, solidaridad y misericordia, o bien, la religión del consuelo tranquilizante de conciencias de los del poder, el interés y egoísmo personal?

Fray Pablo o.p. 3 de marzo de 2024.