Zinacantán en la memoria

Buenas Noches.

Apenas hace un par de días, estoy en mi pueblo natal, me sentía un tanto enfermo y fatigado. Deseaba descansar y convivir con mis familiares: mi hermana Irene, ya entrada en años y mis sobrinas y sobrino y demás parientes y amistades.

Tengo presente en mi memoria y corazón a mi hermano Pedro, a quien quise mucho, falleció el siete de julio de dos mil dieciséis. Apenas hace una semana que se cumplió el sexto aniversario de su fallecimiento. Hoy lo tuve muy presente en la celebración dominical, que viví en la fe con la pequeña comunidad de vecinos y familiares.

Este suceso y la cercana publicación de un libro sobre el pueblo de Zinacantán, Chiapas, México, de cultura tsotsil, que dejé en imprenta, trajo a mi memoria el primer servicio que di en dicho pueblo; quedó muy grabado en mi mente. Llevo amistad con personas y familias zinacantecas, escucho su lengua, me agrada su modo y costumbres, admiro su laboriosidad, sus rituales, su vestir típico, tanto de diario como ritual, su fe y tradición. Me agrada participar en sus ceremoniales.

Admiro a mis hermanos en religión fray Alfonso y fray Mauricio que laboran diariamente en el pueblo y parajes de Zinacantán, junto a otros, que, en tiempos no muy lejanos, dieron años de servicio generoso y eficaz al mismo, y sin olvidar a los primeros frailes dominicos que, en el siglo XVI y siguientes, despertaron a la fe en el Dios de la Vida y en su enviado Jesucristo Salvador, al pueblo zinacanteco.

Mi primer servicio en Zinacantán fue en torno al 1980. Me pidieron los encargados del templo Oración por cierta familia que había perdido a un ser querido. Concluida la celebración en el templo, me invitaron a que les acompañara al Campo Santo o Panteón. La persona fallecida era la esposa de un servidor de la comunidad, un catequista.

Concluido el ritual en el templo de San Lorenzo, acompañé a los familiares, amigos, parientes y al esposo de la difunta, con sus cuatro niños y niñas, en torno al féretro de la esposa y madre, en el que habían colocado algunas ropitas de repuesto, trastecitos de cocina y otros pequeños útiles personales, a más de unas moneditas “para el camino”, y nos encaminamos al poniente del pueblo y hacia lo alto de la montaña donde se encuentra el panteón.

El camino nos llevó al Calvario, a la salida del pueblo, donde hicimos la primera parada y descansamos unos momentos, durante los cuales, los escanciadores –encargados de la bebida- sirvieron una copita de posh a los cargadores y cercanos y, a la hermana difunta le pusieron unas gotitas de agua en su boca. Este descanso y el consiguiente reparto de bebida, se realizó dos veces más, mientras subíamos la fuerte pendiente al panteón.

Llegado al camposanto, estaba abierta la fosa, profunda, vacía. Y vino para mí el momento más sentido, doloroso y triste, la despedida de los hijos y en particular del esposo, quien con lágrimas en los ojos tomó en sus brazos a cada uno de sus hijos y los levantó, pues el féretro estaba sobre una mesa, para que vieran a su madre por última vez.

Mucho me llamó la atención y despertó en mí cierto interrogante, cuando el esposo y padre tomó al más pequeño de sus hijos, tierno, apenas el niño tendría el niño, vi que lo alzó también, aunque con mucha seriedad y tomando con su mano el piececito del pequeño, pisó con él el pecho de su madre. No entendí el significado del gesto y pregunté curioso al más cercano a mí, quien me respondió: “es una señal: pide a su esposa y madre que olvide a su hijo y no vuelva y se lleve al pequeño”.

Concluida la despedida hicieron descender el féretro al sepulcro y pusieron la primera capa de tierra, bien prensada, precedida de muchos puñados de tierra, que, en particular niños y niñas y también mujeres y jóvenes, arrojaron al sepulcro. Y se sirvió la primera copa de posh a los trabajadores y asistentes. Así se hizo tres veces, hasta que quedó bien colmado el sepulcro y, sobre el túmulo, resplandecieron las flores en señal de amor, despedida y vida nueva.

Nos retiramos luego del lugar, bajamos al pueblo y acompañamos hasta su casa a Mariano, así se llamaba el esposo de la difunta Juana y a sus hijos. La casa estaba fría, limpio el piso de tierra, se sentía vacía. Luego oramos un momento y me retiré, pero el recuerdo de lo vivido permanece vivo en mi memoria y corazón. Me inicié en la comprensión, cultura y tradición y fe de los pueblos originarios y sus valores.

Este hecho y varios otros que guardo en mi mente: celebraciones festivas de san Lorenzo, san Sebastián, Corpus, Todos los Santos, sucesos unos gratos y otros penosos, como lo fue también, la dolorosa impresión que tuve, el día en que mis compañeros de comunidad, un tanto por curiosidad, me llevaron a Zinacantán, el mes de septiembre de 1977 -estaba un servidor recién asignado a la comunidad dominica en San Cristóbal de Las Casas- y contemplé el templo hecho una ruina: la techumbre hundida, escombros y maderas quemadas por todas partes, cenizas, tristeza en el pueblo a consecuencia del incendio que destruyó el templo la noche del 10 al 11 de agosto de 1977.

Estos sucesos y muchos otros, como dije, despertaron mi curiosidad e interés por Zinacantán y me llevaron a indagar, leer mucho de lo que se ha escrito sobre este pueblo y cultura, e investigar ciertos aspectos que no se han tocado del mismo.

Fray Pablo o.p.

Egüés, 17 de julio 2022.