La Catedral de Burgos

Buenas Noches

Mi visita a Burgos, fue de gran interés y emoción, no sólo por el manantial de vida humana y de otras especies que supone el yacimiento de Atapuerca, Patrimonio de la Humanidad, tema de mi Buenas Noches pasada, sino también, por otro gran Manantial de Vida, con mayúscula, a la que accedí en mi visita a la Catedral de Burgos, Patrimonio también de la Humanidad, fuente de “Agua Viva”. De ella habló y ofreció, el Maestro Divino, Jesús de Nazaret, a una joven de Samaria (Jn. 4,10), cuando sentado, sediento, en el brocal del Pozo de Jacob, le pidió agua, al tiempo que le ofrecía Agua Viva, que haría en ella un manantial nuevo, como días antes lo hiciera maestro y doctor de Israel, invitándolo a un renacimiento “por Agua y Espíritu” (Jn 3,5). Toda catedral es símbolo y lugar de un renacimiento por el Agua y el Espíritu.

Así como Atapuerca encierra y ofrece expresiones, huellas –fósiles- de la naturaleza y de la diversidad de vidas humanas de millones y miles de años, así también toda catedral es símbolo y fuente de Vida Nueva por el Agua y el Espíritu. Los seres humanos a lo largo de los siglos han bebido en ellas; de vida humana han “evolucionado” a una vida humano-divina. Las catedrales, a lo largo de siglos, han sido fuentes de Agua Viva por los signos sacramentales que en ellas se cultivan: el agua, el santo crisma, el óleo, el sacerdocio, la absolución, la Palabra, el Pan de Vida. El mismo espacio catedralicio en sí, con sus imágenes, pinturas, esculturas, música, canto y plegaria y silencio… han dispuesto y realizado en los seres humanos -hombres y mujeres-, por gracia, la “evolución” de seres puramente humanos en seres humano-divinos.

Durante estos días, no recuerdo si ya lo escribí en alguna de mis Buenas Noches, el libro del Maestro Eckhart, “El fruto de la nada”, habla del Nacimiento de Dios en mí, “en el fondo del alma –un lugar del alma, y no una parte del alma-, como quisieron entender los inquisidores que llevaron a Juicio al Maestro, en lo más profundo de mi ser, de mi alma, que recibe el nombre de (vünkelin (centella, chispa), escribe Amador Vega Esquerra al Maestro Eckhart, se da el nacimiento de Hijo de Dios en mí, en toda persona vierta a la gracia (p.25).

Las catedrales han revestido a lo largo del tiempo diversos estilos arquitectónicos, desde el románico que refleja una sociedad ruralizada de guerreros y campesinos, el gótico que coincide con el resurgimiento de las ciudades, donde se desarrollaron la burguesía y las universidades, y con la aparición de la orden del cister y mendicantes como los franciscanos y dominicos), pasando por el estilo renacentista-humanista, hasta las catedrales de estilo moderno y más funcional.

La catedral de Burgos, dedicada a nuestra Señora la Virgen María de la Asunción, fruto de la fe e inspiración de Fernando III de Castilla y del obispo Mauricio de Castilla, iniciada el 20 de julio de 1221, hace ochocientos años, de estilo gótico con sus remates de gótico flamígero, en torres y agujas que evocan las altas llamaradas de fuego que se levantan en los incendios en días de fuertes vientos, como lo hemos visto y padecido en el presente verano sumamente caluroso en muchos países, es un manantial de Vida Nueva, de renacimiento a la vida divina.

En la tarde del día 14, víspera de la Asunción, muy calurosa, sentado a la sombra, frente a catedral, tomaba un refresco en silencio, en actitud contemplativa, motivado por la grandiosidad y misticismo que genera tanta belleza, me distrajo el repique sonoro de las campanas, precisamente de catedral. No pasaron unos minutos, cuando acerté a visualizar una manifestación multitudinaria de personas que surgía de una calle lateral, con su pastor-obispo al frente, revestido ceremonialmente. Vi que de dirigían a catedral, pues sus puertas se abrieron de par en par.

Mi reacción espontánea me llevó a unirme a la manifestación, y entrando en catedral escuché la sonora trompetería del gigantesco órgano tubular, a la que no tardamos en unir las voces de los miembros de la asamblea creyente, como expresión de nuestra fe viva y de la profunda alegría que inundaba mi corazón. Seguí la mística celebración del Renacimiento del Hijo de Dios –Cristo-, en una actualizada Cena Pascual, en la blancura resplandeciente del interior de catedral, hecha de piedra caliza, recién restaurada. Creo haber vivido, sentido, una experiencia religiosa de Vida Nueva, que me animó y me reafirmó en mi camino de servidor de la Palabra, Pan de Vida.

Guardé silencio por largo tiempo y di gracias a Dios, junto con toda la creación y en especial con todos los seres que, a través de la evolución humana y espiritual, han reconocido y reconocen hoy día, en este mundo ultramoderno, la grandeza de un Dios creador, principio y fin de la humanidad que dirige los destinos de la humanidad y del universo.

Fray Pablo o.p.

Egüés, 28 de agosto 2022