Lo que Dios quiere, por malo que parezca, es lo mejor
- Buenas noches
- 18 septiembre, 2022
Buenas Noches
Ayer sábado, a las cinco de la tarde, bajé al templo, acuciado un tanto por mi memoria acerca de una celebración de Quince Años, de la que me habían hablado días pasados. Con paz interior observé que mi mente me había creado una falsa alarma. No había tal compromiso; el templo estaba vacío, sólo cuatro personas orantes había en su interior.
Al verme, una de ellas se levantó y vino hacia mí sollozando y acercándose, me dijo: “vengo buscando un tanatólogo, ya no puedo más, me urge, por favor”. Mi mente repasó el catálogo de especialistas en mi memoria, pero no encontró nombre alguno a quien enviarla. Sentí en mi corazón una voz que decía, “escúchala, le hará mucho bien”. Y la invité a retinarnos en la capilla del Rosario y nos sentamos en una banca al tiempo que le decía, “háblame, te escucho”. Y comenzó con la triste noticia entre lágrimas, silencios y momentos de fuerte llanto y expresión de profundo dolor, por la muerte de su mamá hacía dos meses. Al ver sus expresiones, me dije, va bien la terapia.
Sin embargo, de repente interrumpió su relato de la muerte de su madre y me sorprendió con la pregunta ¿Por qué Dios no escuchó, tanto a mi madre como a mí cuando confiamos plenamente en Él, las súplicas y peticiones que le hicimos en favor de la vida, alegando de mi parte lo buena, responsable, servicial y creyente que era mi mamá, hasta el extremo, me dijo, de no aceptar una operación que recomendaban los médicos, esperando que Dios de cualquier manera haría un milagro?
Guarde silencio, no podía interrumpir su relato nacido del dolor, surgido de lo más profundo de su ser, con una explicación racional, que rompería, sin duda, el estado emocional tan propicio que se estaba generando en ella para su sanación. Y, al mismo tiempo que la escucha, meditaba también en la respuesta, que, en un momento dado, era necesario dar a su interrogante.
Prosiguió en el mismo clima emocional, hablando de la larga historia de servicio y de dolor que vivió su madre con un esposo, un tanto opresor; de unos hijos que nunca le manifestaron aprecio, agradecimiento y atención a su madre en vida, ni en su larga enfermedad cancerosa, que la consumió paulatinamente durante año y medio, tiempo en el cual ella, esposa y madre, siguió atendiendo a su esposo e hijos, disculpándolos de su conducta negligente y desatenta con escusas, que ella misma se inventada sobre las muchas ocupaciones de su esposo e hijos, hasta que ya no pudo servir más y cayó en cama.
Hasta el último momento de la vida de su mamá también ella, llamémosla, Isabel, por influjo de su madre, pensó y esperó una intervención divina, milagrosa que la sanara. Más la todavía, a los tres días del enterramiento, a los nueve y aun a los cuarenta días, visitó el panteón, según me dijo, en la esperanza de la resurrección física de su madre. Su relato despertaba en mi mente y corazón la necesidad de un proceso de cambio, crecimiento y maduración de la fe de muchos creyentes, que transforme una fe egoísta: “do ut des” (te doy para que tú me des, me porto bien para que tú, Dios, me concedas lo que yo te pida), en una fe sin condiciones, madura: creo y confío en Ti, Señor, por encima bien y del mal.
Prosiguió, Isabel, su proceso de duelo con emoción hablando de su relación profundamente amorosa y filial con su madre y de las tensiones y problemas con su padre y hermanos por su conducta desinteresa hacia su madre. Poco a poco, se fue calmando y comprendió que la vida en todas sus formas tiene su término, teníamos ante nuestros ojos unas flores frescas, bellas, resplandecientes, rosas abiertas en todo su esplendor y ¿cómo estarán mañana? le pregunté. La vida es efímera, limitada y la hemos de cuidar conforme a nuestras posibilidades y los recursos que la ciencia médica ha ido descubriendo para su prevención y sanación.
Por otra parte hemos de amar a nuestros seres queridos incondicionalmente, aunque siempre con actitud disponibilidad, despego, desprendimiento, pues no tenemos la vida comprada para poder regatear con nada ni nadie ante la pérdida inevitable de los seres queridos, y la actitud que puede ayudarnos a sobrellevar la pena y vencerla, es aceptar la partida de los mismos, con la esperanza, de que tarde o temprano, nos volvamos a encontrar, al menos para el creyente, en la Casa del Padre.
Dios, por otra parte le decía, no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir el mal. En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” (crecimiento, evolución) hacia una perfección última. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección (CIC #311).
Dijo Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, a su hija con ánimo de consolarla desde la fe: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que ÉL quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.
Ruego por el fortalecimiento maduración de la fe de Isabel y de todo hombre y mujer, jóvenes, niñas y niños, que sufren males físicos, sicológicos o morales, a fin de que no caigan en la desesperación, abatimiento.
Fray Pablo o.p., 11 de setiembre 2022