A 60 años de Vaticano II

Buenas Noche.

El martes pasado, 11 de octubre de 1962, se cumplieron los 60 años en que el Papa, Juan XXIII, inaugurara con especial solemnidad el Concilio Ecuménico Vaticano II, que había anunciado el 25 de enero de 1959. En la noche de la inauguración, más de cien mil personas, el pueblo de Roma y ciudadanos/as de todos los rumbos de la tierra, se congregaron, con lámparas en la mano. en oración ante la Basílica de San Pedro.

La plegaria de la multitud y las intensas voces que proclamaban su nombre, despertaron del sueño profundo en que reposaba el anciano, Ángelo Giuseppe Roncalli, Papa Juan XXIII, después de un día y años de ajetreo intenso y responsabilidad en la preparación del Concilio Vaticano II. El Papa se asomó a la ventana de su aposento y viendo y sintiendo el amor y devoción del pueblo, improvisó unas breves palabras a la luz de la luna que brillaba curiosa en lo alto.

Después de saludar emocionado a la multitud con un “Queridos hijos”, dijo al ver el espectáculo: “hasta la luna que brilla en el cielo se ha asomado a contemplar asombrada el acontecimiento”. Y con gran emoción se dirigió a los presentes ofreciéndoles, “como el hermano de todos y padre por voluntad de Dios paternidad, fraternidad y gracia de Dios… Al volver a sus casas, agregó, encontrarán a sus niños. Háganles una caricia y díganles: ‘Esta es la caricia del Papa’. Quizás encuentren alguna lágrima para enjugar. Digan a los que sufren una palabra de aliento. Sepan los afligidos, que el Papa está con sus hijos, especialmente en las horas del dolor y la amargura”.

Juan XXIII, conocido como “el Papa Bueno”, fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963 y declarado santo el 30 de septiembre de 2014, junto con Juan Pablo II, hombres de fe, esperanza, caridad, amor a Dios y a los hermanos /as, por el Papa Francisco.

El cardenal Roncali, de origen humilde, tomó el nombre de Juan XXIII al ser elegido Papa de la Iglesia Católica, en 1958, en honra de su padre, labriego en su pueblo natal. Nació en Sotto Il Monte, Italia. Al ser nombrado Papa, ya anciano, en la Capilla Sixtina, declaró a sus hermanos cardenales que lo eligieron: “No voy a ser un viejito inofensivo”; tenía conciencia de la necesidad de una sería reforma de la Iglesia a través de una urgente y novedosa evangelización: volver al modo del Maestro Jesús, su fundador, salir al mundo, abrirse al mundo, pues Jesús fundó la Iglesia en favor del mundo, de la humanidad.

Prueba de su gran fortaleza de espíritu y de confianza en el Espíritu Santo y en la misma Iglesia, fue la convocatoria al Concilio Vaticano II, el 25 de enero de 1959, poco antes de que un servidor fuera ordenado presbítero. En el medio en que yo realizaba mis estudios, su elección fue ocasión de gran alegría; no faltó algún compañero que nos habló de las virtudes del cardenal Angelo Giuseppe Roncali.

Fueron muy llamativas palabras con que Juan XXIII convocó al Concilio: “Yo voy abrir la ventana de la Iglesia, para que podamos ver hacia fuera y para que desde afuera pueda verse el interior”. “Puertas abiertas para entrar, pero también para salir hacia el mundo llevando a él el mensaje de salvación”. El Papa francisco retomó esta actitud en su Exhortación Apostólica, “La Alegría del Evangelio”, con su invitación a una “nueva “salida” misionera… Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20).

El Concilio Vaticano II comienza hablando con novedad de una Iglesia Pueblo de Dios, Pueblo mesiánico (que ) tiene por Cabeza a Cristo… Pueblo que tiene como característica la dignidad y la libertad de los hijos de Dios” y al que se entrega con sus ministerios; Pueblo al que Dios “con su bondad y sabiduría quiso revelarse a sí mismo, y alcanzando la plenitud de la revelación en su Hijo y por su Hijo, Jesucristo (SC 2). El documento, fruto de los trabajos conciliares, que reviste mayor apertura de la Iglesia al mundo, es la Constitución Pastoral sobre la iglesia en el mundo, que parte de la unión íntima de la Iglesia con la familia humana, destacando y defendiendo la dignidad de la persona humana y sociedad, y su índole comunitaria; la comunidad, la familia, el matrimonio, la actividad humana, la cultura, la vida socio-económica, el fomento de la paz y la promoción de la comunidad de los pueblos, la paz… En definitiva una Iglesia en el mundo, interesada por el mundo y al servicio del mismo.

Trabajo especial del Concilio fue el documento titulado a La Actividad Misionera de la Iglesia “Ad Gentes”; una Iglesia enviada por Dios a los pueblos para ser ‘sacramento universal de salvación”, que por la acción misionera y la fuerza del Espíritu Santo en cada pueblo o raza o cultura ha de surgir la Iglesia con su rostro y corazón autóctona, Iglesias autóctonas particulares, provistas suficientemente de una jerarquía propia” (AG 6).

Hago hincapié en estas líneas conciliares, porque he tenido la gracia de vivir mi acción misionera en una iglesia particular, San Cristóbal de las Casas, Chiapas, desde 1977, donde el Concilio Vaticano II no ha sido letra muerta sino fuerza vital que, con la gracia del Espíritu, ha vivido las enseñanzas y orientaciones conciliares y podemos hablar de ella como Iglesia autóctona, al servicio de los pueblos que con opciones por el pobre, la familia, la tierra, la paz y sobre todo de defensa de la dignidad humana.

El Concilio y sus inspiraciones no han terminado, por el contrario siguen impulsando más y más la reforma y renovación de la Iglesia, a la que hemos contribuido muchas y muchos en diversas funciones con nuestro grano de arena, bajo la inspiración y animación de los Pastores y Obispos de nuestra diócesis: Samuel Ruiz, Raúl Vera, Felipe Arizmendi, Enrique Díaz, y los actuales Rodrigo Aguilar y Luis Manuel López.

En estos momentos privilegia la Sinodalidad, desde la realidad de una Iglesia, “Pueblo de Dios”, que consiste en el “caminar juntos” (comunión-koinonia) en una iglesia, que pone a mujeres y a hombres (laicos/as) de nuestro tiempo, incluidos los pastores y al mismo Papa, obispo de Roma, con sus funciones propias de cada uno/a, escuchando las voces de toda la familia humana, en particular de los alejados, de los débiles, los excluidos de esta sociedad… de toda humanidad y de la naturaleza, en el camino de una nueva evangelización.

El Papa Francisco ha diseñado un novedoso itinerario para el actual sóndo, que implica a todos los bautizados, es el Sínodo sobre la Sinodalidad, que ya comenzó con una consulta al Pueblo de Dios desde octubre de 2021 y se prolonga en el presente año y continuará en el 2023 con una sesión en octubre y concluirá en octubre de 2024. Preguntemos en nuestros espacios eclesiales y participemos.

Fray Pablo o.p. 16 de octubre 2022

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