Perdón humano y perdón divino

Buenas Noches.

Al amanecer de hoy domingo, mi pensamiento voló hacia ustedes, lectoras y lectores. Esta preocpación me condujo al Libro Sagrado de nuestra tradición, la Biblia. Me sorprendió al abrirla, encontrarme con aquella escena en que, Jesús, el Maestro Divino, instruye y orienta al pueblo que escucha con corazón abierto, y platica con sus discípulos en torno al perdón. Muy posiblemente, entre los asistentes y aún dentro del grupo de Jesús, había personas heridas por las ofensas con recores, odios y hasta sentimientos de venganza (cf Mt 18,21-35).

Fue Pedro, quien interrumpió a Jesús, sin malicia alguna, pues bien conocía el contenido de la enseñanza de su Maestro sobre el perdón. A Pedro le inquietaba en particular acerca del número de veces que había de perdonar al hermano, al prójimo. De ahí que su pregunta versara sobre el número de veces que debería perdonar: ¿sería suficiente perdonar siete veces? dice.

La respuesta de Jesús fue contundente: «Pedro, no sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete»; Alberto, Margarita, Elena, Juan, Mariano, Lupita…, si te han ofendido, perdona, no siete veces, sino hasta setenta veces siete, es decir, siempre, aunque no nos parezca lo más razonable, pues con esa generosidad se puede propiciar que el ofensor/ra repita una y otra vez la ofensa, como sucede a veces. Sin embargo, el negar el pérdón, bien sabemos, que no corresponde a la exigencia de Jesús.

En nuestra mente y corazón ha de prevalecer la enseñanza y el estilo incondicional del Maestro Jesús respecto al perdón, y, sin medida, se ha de promover el perdón como como actitud esencia para la convivencia social. Es necesario, que esta doctrina se promueva más allá de las iglesias y templos; es preciso que se enseñe en la familia, la escuela, la universidad, en todos los espacios de la sociedad. Que alcance a toda la humanidad, a todos los pueblos y razas; sea patrimonio cultural de la humanidad. Repito, no consideremos esta enseñanza como cosa esclusiva de los creyentes en Dios y los adeptos de una u otra confesión religiosa.

Esta actitud ética-moral, como otras muchas enseñanzas del Maestro Jesús, tienen valor universal, son virtudes, fuerzas, valores enraizados en lo más profundo del ser humano, de todo hombre y mujer, aunque muchas veces no se les deja que afloren. Deberían impulsarse en y desde todos los espacios; tesoro de todas las culturas y de todos los tiempos. Me atrevería a decir, que estos valores, incluido el perdon, son la esencia de los derechos humanos, en oposición a la ofensa, al rencor, al desprecio, al odio, a la indiferencia, a la venganza, contravalores todos ellos que, a la larga, se revierten contra uno mismo, generan muerte, desorden social, enferman.

Es verdad tambien, que no podemos caer en la utopía de una sociedad sin ofensas, crímenes, violaciones, robos, abusos de poder…, pues considero que se darán siempre, y, en consecuencia, la urgencia de leyes y normas, de reclusorios educacionales, de penas, de la privación de la libertad, de extradiciones de personas (como sucedió hace un par de días, antier 15, con Ovidio Guzmán, entregado a USA), que protejan a los pacíficos, a los justos y honrados, a hombres y mujeres de razón contra el crimen, la corrupción; leyes, instrumentos necesarios para proteger a las gentes de los malhechores

Por otra parte, ante el aumento y variedad de crímenes, la sociedad se ve la urgida por la necesidad, a dictar nuevas normas y leyes, a establecer penas y castigos ante la novedad cada día de nuevos delitos. Aunque, ante esta realidad del crimen, no se ha de caer en la rutina de más y más leyes, sino que, se ha priorizar la generación de más y más espacios de formación humana y de respeto a sus derechos. De tal modo, que nuestro mundo y sociedad caminen constantes hacia una sociedad ideal, que el Maestro Jesús llamó, Reino de Dios, en el que prevalezca el perdón, la misericordia, la reconciliación y florezca la justicia, quebrantada por los delitos, sin dar pie a los odios, venganzas y resentimientos.

Respecto a la moraleja con que el escritor cierra la parábola: «Lo mismo hará con ustedes el Padre, si cada cual no perdona de corazón al hermano» (Mt 18,35); no me convence la expresión, pues no puedo pensar que en Dios haya tales reacciones: «Dios es amor» y si en Él reconocemos muchísimos atributos, el mayor de todos ellos, si cave hablar de esa manera de Dios, la Misericordia será el mayor de todos ellos. Así lo escribí, lo recordaran hace unos días. Dios es perdón.

No pensemos en un Dios castigador. Soy yo quien me castigo con actitudes de venganza, rencor u odio. Como enseña el Maestro Divino: «Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen» (Mt 5,44). Ese es el verdadero ser humano, que actua como lo que es, también divino.

Fray Pablo o.p. 17 de septiembre 2023