Presentación en el templo, ofrenda de rescate

Buenas Noches.

Bella la página del escritor San Lucas (2,25), que leía y meditaba el día de ayer. Hasta la celebré en comunidad, con gozo en el corazón, sin que faltaran los sabrosos tamales con un chocolatito caliente conforme a la tradición. Por un lado, María y José, con sus mejores prendas, y el niño Jesús de cuarenta días en brazos María, llevando José en sus manos la sencilla ofrenda de rescate, dos palomitas. Hermoso, humilde y grandioso: entra en el Templo de Dios, el esperado y anhelado por el Pueblo Santo, el Señor de los ejércitos celestiales, que sólo sabe de amor y misericordia (cf. Malaquías 3,1).

Por otro lado, en representación de ese Pueblo Escogido, nada de muchedumbres, sólo dos ancianos: Simeón, “el hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel” y Ana, “que no se apartaba del Templo ni de día ni de noche”, a quienes el Espíritu les había prometido que no morirían sin haber visto y palpado al Mesías Salvador; el corazón de los ancianos latió de tal modo, que supieron, que el niño en brazos de aquella joven pareja que se acerba, era el Salvador el prometido y anunciado por los profetas y sabios y esperado del pueblo.

Escribí en el primer párrafo, “ofrenda de rescate”. Así es en verdad, José y María entregaron la sencilla ofrenda. Dos palomitas, en rescate por Jesús, pues, según la Ley Mosaica, como hijo varón primogénito, desde su nacimiento, estaba consagrado y dedicado en exclusiva al Templo; limitado por vida a las cosas y asuntos religiosos. El rescate hizo de Jesús el hombre libre, guía, maestro, pastor, sacerdote por excelencia al servicio de la humanidad. El Salmo profético 39, retomado por la carta a los hebreos, dice poniendo las palabras en boca de Jesús: “¡Aquí estoy, para hacer tu voluntad! Tu no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Esta escena bíblica, de José y María, del escritor San Lucas (cf. Lc 2,25) celebra la Iglesia, el 2 de febrero, Festividad de la Presentación de Jesús en el Templo, de un Jesucristo con destino salvífico universal. La Iglesia celebra en esta festividad el Día de la Vida Consagrada, es decir, los hombres y mujeres que emiten votos de pobreza, castidad y obediencia de por vida, pertenecientes a las de Órdenes y Congregaciones Religiosas y de Vida Apostólica, que se dedican, consagran a Dios, haciéndose ofrenda en comunión con Cristo a favor de la humanidad, en actitud de espera y encuentro con el Señor cada día y momento.

El Papa Francisco nos exhorta, soy yo uno de ellos, a vivir la espera del Señor atentos, conscientes, consagrados, sin dejarnos atrapar “por las cosas y ritmos intensos de cada día, hasta el punto de olvidarnos de Dios que viene”, con el riesgo de convertir la vida religiosa y cristiana en las “muchas cosas que hacer”, pues, “lo peor que podemos hacer, es caer “en el sueño del espíritu”: dejar adormecer el corazón, anestesiar el alma, almacenar la esperanza en los rincones oscuros de la decepción y la resignación”. La vida consagrada corre el riesgo hoy día de mundanización con el descuido de la vida interior y la “adaptación al estilo del mundo que a menudo corre a gran velocidad, que exalta todo y ahora, que se consume en activismo y en el buscar exorcizar los miedos y las ansiedades de la vida en los templos paganos del consumismo o la búsqueda de diversión a toda costa”.

“Cuidemos, dice el Papa, que el espíritu del mundo no entre en nuestras comunidades religiosas, en la vida de la Iglesia y en el camino de cada uno de nosotros, pues, de lo que contrario, no daremos fruto. La vida cristiana y la misión necesitan de la espera, madura en la oración y en la fidelidad cotidiana (Mc 1, 35), para liberarnos del mito de la eficiencia, de la obsesión por la productividad y, sobre todo, de la pretensión de encerrar a Dios en nuestras categorías, porque Él viene siempre de manera imprevisible”.

Volviendo a los ancianos Simeón y Ana, que vivieron en la atenta y esperanzadora espera del Señor, así, las y los que nos hemos sentido y consagrados a Dios, en el seguimiento de Jesús, en la Vida Religiosa, siempre fieles y constantes en la vida y misión a la que nos sentimos llamados desde nuestra juventud, “dejémonos interpelar y mover por el Espíritu” que iluminó y guio sus vidas, siguiendo también el estilo de nuestros mayores, que impulsados por el Espíritu, generaron llamadas órdenes, congregaciones y de vida apostólica según el carisma que impulsó sus vidas y nos contagió con su esperanza.

Mi Buenas Noches dominical orientado preferentemente a la Vida Consagrada, no olvida, que toda y todo creyente camina en la dirección de Jesús y Jesús, todo amor y misericordia, viene a su encuentro. Rompamos cuanto en nosotros se opone a ase encuentro; tomemos la actitud de Simeón y Ana, en particular, cuando Jesús se presenta en el pobre, el triste, el deprimido, el enfermo, el necesitado…

Fray Pablo o.p., 4 de enero 2024.